viernes, 29 de febrero de 2008

Un cuento véneto

Una vez me propuse escribir una serie de relatos. Dos eran las reglas que debía acatar: debían estar ambientados en la ciudad de la laguna y cada uno debía recoger alguno de los argumentos que Bioy enumera en el prólogo a la “Antología de la literatura fantástica” que reunió junto a Borges y Ocampo. Elegí, incluso, el número y el título del conjunto: “Seis cuentos vénetos”.

Desgraciadamente, mis limitaciones (éstas sí reales) y la desidia abortaron el proyecto casi desde el primer momento.

Sólo uno de los seis cuentos llegó a concluirse.

Hoy, después de tanto, lo he encontrado entre viejos papeles. Confieso que me ha sorprendido. Parece que lo hubiera escrito otra persona. Rectifico: en realidad lo escribió otra persona. Nueve años más joven.
Dijo así:
“El círculo de espuma era denso y untuoso. Humeaba un aroma acre, con recuerdos de brea. El café que ocultaba era negro azabache. Reflejos tornasolados que insinuaban, cambiantes, el violeta y el rubí. Amargo con leves matices de canela y vainilla. Consistente, con cuerpo y un fondo de paladar firme. Perfecto a aquella hora de la mañana, en aquel rincón del salón soleado. Como siempre… La seda del sofá isabelino crujió cuando el hombre alargó la mano hacia la copa de agua que esperaba erguida junto a la taza de porcelana, sobre el mármol del cenador. El cristal de bohemia viajó a sus labios apenas soportado por los finos dedos de uñas perfectas. Los labios rozaron el borde, sin dejar huella. Enseguida descansó exactamente en el mismo lugar. Él volvió a apoyar la mano en el reposabrazos de caoba. Ningún rastro del inicio de la ceremonia diaria. Una ligera inquietud en la superficie líquida.

El hombre todavía permaneció inmóvil unos instantes, ajeno aparentemente. Suspiró casi imperceptiblemente. Tomó con la mano izquierda el plato y lo acercó a su pecho. El aroma le inundó. Era el momento. Pinzó el asa de la taza con tres dedos y la elevó hasta pocos centímetros del rostro. Aún se detuvo un segundo mientras absorbía discretamente el vapor perfumado. Finalmente besó la blancura de la porcelana y sorbió unas gotas del obscuro néctar. Casi le aturdió la explosión sensual, mientras sus papilas reconocían matices, recordaban, comparaban, hallaban. Apenas entrecerró los párpados indolentes. Devolvió la taza al plato inmóvil con un movimiento suave y preciso. Por un momento, pareció caer de nuevo en sí mismo. Amagó un homenaje íntimo a la sabiduría de tantos desconocidos lejanos que, ignorantes, se habían confabulado para remedar el placer en aquella mañana soleada. Insinuó una sonrisa. No habría sabido decir si de agradecimiento o de autocomplacencia. Repitió los gestos ponderados hasta que la taza mostró su fondo, vacía y mancillada. El último vaivén la abandonó con el platillo en su preciso lugar.

Solo en ese momento se permitió una vacilación. Aquella mañana, después de tanto tiempo, el rito iba a quedar inconcluso. La sucesión inalterada de gestos, de sensaciones y pensamientos, la flexibilidad automática se truncaron. Más allá, tras la taza y la copa, no esperaba el suave lomo de piel obscura, ni las familiares letras doradas. En su lugar, un vulgar sobre intruso. Excesivamente grande para las dimensiones del cenador. Ni un atisbo de belleza, desproporcionado, arrugado por el largo viaje. Los sellos substituidos por pegatinas burdas. Zafio. El sofá crujió nuevamente cuando el hombre se alzó. El ceño casi fruncido, censurándose la debilidad. En otros tiempos jamás se habría permitido semejante desliz. Tomó el sobre entre sus manos y se dirigió al buró con incrustaciones de nácar. Abrió el tercero de los cajones y allí lo abandonó. Olvidado. Luego se acercó a la inmensa librería que cubría el lienzo de pared del fondo. Desestimó a M. R. James. Demasiado irónico, en aquel momento. De Quincey fue el elegido. Acarició abandonadamente la encuadernación, perdonándose la ruptura del orden. Se encaminó nuevamente hacia el rincón que ocupaban el sofá y el cenador. Sorteó dos calzadores imperio tapizados con la misma tela dorada. Se detuvo antes de llegar a su destino. Frente al ventanal. El mismo sol invernal que reposaba sobre los muebles danzaba frenéticamente sobre el agua que acariciaba los muros, bajo la balconada. Los cabrilleos le molestaron. Excesivamente vivaces en la quietud serena de la ciudad vacía. Desentonaban. Tomó asiento nuevamente. El libro en el regazo. Volvió a acariciarlo. Todavía se permitió un último pensamiento dirigido al sobre. No lo había abierto porque conocía su contenido. Se reservó la esperanza de conservar, al menos, la dignidad de la elegancia.

Del agua ascendió un canto familiar, “remando”, antes de sumergirse en el sutil inglés opiófago.
-oOo-
Había dispuesto recibirle en el salón carmesí. La pequeña colección de relojes atacó conjuntamente el carillón que anunciaba su llegada. El pomo de la alta puerta policromada se estremeció ligeramente, antes de iniciar el movimiento. Bruno no era todavía lo suficientemente decidido en sus gestos. Se vería en la obligación de volver a advertirle. La puerta se abrió, con un giro lento y continuado, guiada por el mayordomo. “Donna Elvira, signore,” anunció con su voz impostada, mientras se hacía a un lado. Ella entró en la habitación con tres suaves pasos, mirándole a los ojos. El tiempo es un juez inclemente. Y verdugo. Sus huellas eran evidentes. No recordaba su mirada tan cautivadora. “Mia cara,” justo antes de insinuar un beso sobre el dorso de la mano que le extendía. Bruno cerró la puerta.

Permanecieron unos instantes en silencio enfrentados. Reconociéndose. Elvira adornaba un vestido ceñido. Verde manzana. No muy adecuado con el salón, lamentablemente. Tapaba sus largos brazos con unos guantes que le cubrían el codo. Sobre los guantes un anillo de oro. Un aro fino a juego con los aretes que pendían de sus lóbulos. Únicamente. No lucía el diamante que él le había enviado con su invitación. Llevaba el cabello recogido en un complicado moño, en la nuca. No obstante permitía que algunos mechones acariciaran su mejilla y el esbelto cuello desnudo. Continuaba siendo absolutamente negro. Los rasgos quizás un poco más afilados que la última vez. Alzó levemente el mentón, cansada del impás. Él reaccionó inmediatamente. Una ligera reverencia, mientras le ofrecía su brazo derecho. Ella lo enhebró con naturalidad. Se dirigieron lentamente hacia la mesa que les esperaba bajo los candelabros.

“Debo confesarte que me sorprendió recibir tu mensaje, después de tantos años de separación. Aunque me sorprende aún más haber acudido”, mientras él le acercaba la silla. Mientras él le observaba la espalda. El surco de su columna se había acentuado. Los músculos excesivamente fibrosos, probablemente castigados por ejercicios absolutamente inadecuados a su edad. Tuvo que reprimir el deseo de acariciar la piel que los cubría.

“En todo caso, celebro tu sorpresa, en tanto que es resultado de nuestro encuentro”, volviendo a aparecer en su campo de visión. Dirigiéndose a su sitio, frente a ella. Hablaba sin mirarle. “Por supuesto, huelga que te exprese mi agradecimiento, que debería serte patente.” Él no vio la sonrisa socarrona encarnada en las cejas de su huésped.

Nuevamente en silencio y enfrentados. Desdibujados los rostros por las llamas de las bujías que iluminaban la mesa que los separaba. Bruno con la primera botella. “Me he permitido ejercer el derecho de todo anfitrión de elegir las viandas. Espero cumplir la obligación de satisfacer tus deseos. Comenzaremos con ostras. Recuerdo que te agradaban”. El brillo de los ojos femeninos no le desmintieron. Lentamente se despojó de los guantes y mostró finalmente las manos finísimas. Él observó el marcado abanico de los huesos del dorso. Las recordaba diferentes. La esperada bandeja fue depositada sobre el mantel de hilo. Ella no esperó a que le sirvieran y alcanzó la primera pieza, pasando por encima de las copas. Él no pudo reprimir una punzada de desagrado. Aún sabiendo perfectamente que ésa era la finalidad del gesto: desagradarle. Sonrió. “Espero que merezcan tu aprobación. No son cultivadas. Tengo entendido que Bruno se ha visto en la necesidad de traficar con su alma y el diablo para conseguirlas”.

“Entonces, ha conseguido un magnífico pacto. Son excelentes,” mientras se llevaba una nueva concha a la boca. Era extremadamente difícil mantener una actitud tolerablemente elegante sorbiendo aquellos animales. Mucho más sencillo insinuar la lascivia. “Siempre has conseguido lo mejor. O has hecho que te lo consiguieran.”

“No siempre, me temo. En alguna ocasión he visto frustrados mis deseos. En las más importantes.” Le contestó sin ninguna inflexión especial en la voz. No obstante ella se detuvo un momento y le observó. Él continuó acariciando la base de su copa, vigilando el mínimo movimiento de su índice. Solo alzó los ojos cuando supo que ella había desviado los suyos. “No obstante, supongo que es ley de vida,” concluyó. Intentaba parecer hastiado.

“Francamente, Vanno, me parece absolutamente frívolo que todavía tengas la desfachatez de quejarte de tu vida. Por favor, mira a tu alrededor,” sin un gesto, únicamente los ojos negros de nuevo. “Has tenido la oportunidad de elegir cómo quieres vivir. Te has creado un mundo a medida. En él solo entra lo que tú permites, lo que te complace. El resto está fuera. No existe.” Ella no había esperado al final del banquete. También eso lo esperaba él. Y también le desagradaba.

“Eso no es cierto enteramente. Tampoco creo que sea censurable, mi querida Elvira,” contestó, no obstante. “No te voy a negar, a estas alturas, que has expresado mi ideal. Pero no es cierto porque siempre hay elementos incómodos que consiguen perturbar el orden de mi universo, inevitablemente. Tampoco es cierto, desgraciadamente, te repito, que haya obtenido todo lo que he deseado a lo largo de mi vida... Deberías saberlo... Pero, en cualquier caso, lo que yo he tenido el valor de crear, este mundo a mi medida, según tu expresión, no es otra cosa que a lo que aspira el resto de mis congéneres. Todos ansiamos el placer y detestamos el dolor.”

“¿Que has tenido el valor de crear? No me hagas reír. ¿Qué valor se necesita cuando eres el heredero de una de las mayores fortunas de Europa? ¿Qué has arriesgado tú?” Aquel tono de desdén. Hay bastiones inasequibles incluso al tiempo. “Me pregunto qué habría sido de ti y tus manías si hubieses nacido sin esos recursos económicos. Supongo que ni te imaginas la posibilidad. Has podido vivir siempre rodeado de refinamientos excéntricos. Has podido elegir dónde y cómo vivías hasta en los detalles más superfluos. Has dedicado tu vida precisamente a eso, a perfeccionar los detalles. Siempre en función de tu voluntad.” Calló un momento. Altiva. “Pero esta es una conversación que ya hemos mantenido antes,” casi pesarosa, “de hecho, esta es la única conversación que hemos mantenido siempre.”

“Sí, es la que te permite airarme. Me criticas por ser como soy. No me voy a justificar porque estás en lo cierto. Soy como he elegido ser. Y no me siento culpable de ello, en absoluto. ¿En nombre de qué debería haber reprimido mis gustos si podía permitírmelos?”

“¿En nombre de los que te rodean o te han rodeado alguna vez, quizás?” La pregunta quedó sin respuesta. La mujer apartó su plato. Había perdido el apetito. Él tomó un sorbo dorado de vino.

“Me sorprende ese celo por las personas de mi entorno. Sobremanera, si atendemos al trato que tú les dispensas a las del tuyo.” La mujer se irguió todavía unas pulgadas más en su asiento.
“No te entiendo.”

“Por supuesto que me entiendes, querida. A fe que sabes a lo que me refiero.” Casi displicente. “¿O debo recordarte el dolor que has ido sembrando a tu alrededor? ¿Quién te queda? Nos despreciaste sin piedad. Nos rechazaste uno a uno. También a mí, por supuesto. Consciente como eras del efecto de tu desprecio.” Muy a su pesar, le temblaba un poco la voz. “Hace tanto y aún me turba.”

“Estás confundiendo los términos, Vanno. Premeditadamente, además. Pretendes achacarme tus pecados, aparecer tú como la víctima, cuando sabes perfectamente que nuestros actos nunca han sido equiparables.” Su voz era tan gélida que él tuvo que contener un escalofrío. “Es cierto que no te acepté, como no acepté a otros, pero no tenía ninguna obligación de hacerlo. Ninguno de vosotros tenía ningún derecho sobre mí. Y tú menos que nadie. Aunque creyeses todo lo contrario. Soy dueña de mi corazón, siempre lo he sido.”

“No te pongas melodramática, te lo ruego. No estoy hablando de derechos, estoy hablando de causar dolor innecesario. Dices que no teníamos ningún derecho a esperar nada de ti. Que yo no merecía nada. Y mientes. Yo te respeté siempre. Lo mínimo que podía esperar es que me correspondieses respetándome.” Por fin reunió el valor necesario para arrostrar su mirada. “Supongo que no es necesario recordarte cómo me humillaste públicamente. Probablemente un simple no habría bastado, Elvira.”

“Sabes que no es así. Tu insistencia no tiene límites. Porque dime, si no, qué pretendes con esta velada.” Le desafió desde el fondo del tiempo. Continuaba siendo dolorosamente hermosa.

“Nada. Quizás únicamente cerrar heridas, pasar cuentas.” Calló un instante, tenía previsto darle la noticia refugiado en el café. Adivinó que no llegarían. “Me estoy muriendo. De hecho, ya me he muerto. El cáncer es imparable. Supongo que he sucumbido a una nueva debilidad. Quiero hacer las paces con algunos aspectos inconclusos de mi pasado.” Sonrió. “Tú eres el más importante.”
“No te creo.” Escueta. Lacerante.

“La época de las estratagemas ha concluido. Todo ha concluido ya. El diagnóstico está en la sala contigua, en el secreter, el tercer cajón. Sírvete tú misma.” Ella se levantó inmediatamente. El vestido se acomodó a su cuerpo. Su perfume permaneció mientras desaparecía hacia el interior del palacete. Él evocó la caricia de la tela en sus caderas.

“No lo habías abierto. ¿Cómo lo sabías?” A su espalda.

“Los síntomas son evidentes, incluso para un profano.” Lentamente se giró, apoyando el brazo delicadamente sobre el respaldo. Ella se hallaba en el dintel de la puerta, con el informe entre las manos. Su mirada le pareció algo errante. Él cruzó las piernas.

“En fin. No sé que decirte. Nunca sé qué decir en estos casos.”

“No hay nada que decir al respecto. Quizás únicamente adiós.”

“Adiós es una palabra eterna.” Dejó caer un poco los hombros. Parecía abrumada. “Me parece inabarcable.”

“Como la muerte, Elvira, o el pasado. Todas son grandes palabras que nos parecen imposibles y, sin embargo, constituyen nuestro ser. Somos pasado, pérdidas y, finalmente, muerte.” Se levantó de la mesa, con el brazo todavía en el respaldo. “Pero no te he invitado para que nos perdamos en elucubraciones vacías. Ahora más que nunca debo aprovechar el tiempo, compréndelo. El objeto de tu invitación no es el de insistir, como creías, sino el contrario precisamente. Pero para ello necesito una explicación. Únicamente te pido una explicación, humildemente. ¿Por qué?”

“¿Por qué? Nunca lo has entendido, ¿Verdad Vanno?” Extendió un brazo y pareció que le iba a acariciar. Él se estremeció. Depositó su mano en el hombro. “¿Por qué no te acepté? Porque era imposible. Era imposible convivir contigo. Mis detalles eran incompatibles con tu orden. Me habrías ahogado. Nos habríamos odiado inmediatamente. Me acusaste de ser insensible, de ser incapaz de experimentar pasión alguna, excepto la del desprecio. Qué equivocado estabas. Me arrebatabas. Te sentía absolutamente peligroso. Sabía que si cedía en lo más mínimo destrozaría nuestras vidas. Por eso el desdén, por eso el desapego. Me protegía de ti. No tuve más remedio que dañarte para evitar un dolor mayor. Lo siento, Vanno, pero volvería a hacerlo. No me siento culpable.”

“El peligro desaparece ahora, entonces.” Y supo que ella no resistiría su mirada.

“Y finalmente quedará el dolor.” Su mano resbaló por el brazo de él. Exánime. Él la retuvo antes de que cayera. Lentamente se la llevó a los labios. Le besó la palma con la boca entreabierta. Los dedos le rozaron la mejilla. Se detuvo un momento saboreando el perfume de su muñeca. Continuó después por el fino antebrazo, arrastrando levemente los labios hasta descubrir la suave piel del interior de su codo. Le llegó un suspiro. Alzó el rostro y encontró sus párpados. Pasó una mano por su nuca y la atrajo. Los labios del hombre parecían haber cobrado vida propia, e imponían su voluntad. Aterrorizado besó el mentón altivo. Ella bajó la cabeza. Las bocas se encontraron húmedas y calientes. Le soltó la mano y le pasó el brazo por el talle. Estrechó el abrazo mientras continuaba besándole. Sintió su monte de Venus. Dejó un pequeño rastro de saliva cuando liberó sus labios. Olisqueo el cuello, bajo el lóbulo. “Vanno, por favor...” Con la misma mano que le sujetaba la nuca le tapó la boca, haciéndole girar la cabeza. Ella le mordió. Él jugueteó con el arete antes de introducir el lóbulo en su boca. Sintió el sabor del perfume. Se liberó de su mordisco y dejó resbalar suavemente los dedos por su nuca. Luego la espalda desnuda. Ella le abrazó por fin. Volvieron a besarse densamente. Encontró su lengua anhelada. La respiración de la mujer se aceleró. Se hizo profunda. Apretó su cuerpo contra el de él. Enseguida le arrancó la chaqueta negra mientras continuaba besándole. Tomaba la iniciativa. Le deshizo el lazo y luchó con los primeros botones de la camisa. La rasgó. Acarició su pecho masculino mientras le ofrecía nuevamente el cuello. Sus manos buscaron el cinturón. Sin esperar, introdujo la mano por la cintura del pantalón. Él gimió. Entonces le empujó y se separaron bruscamente. Él quedó apoyado en la mesa. Desconcertado. Jadeando. La miró implorante, temeroso. Ella le devolvió una mirada turbia y desafiante. Detenida en el centro de la sala. Con una calma inusitada echó las manos a su espalda. Deshizo los corchetes del vestido. Uno a uno. Finalmente dejó que resbalara. Los ojos fijos en su viejo pretendiente. El tiempo es inclemente y justo. Su cuerpo era sabiamente bello. Él recorrió cada una de sus formas. Ella dejó que le observara largamente. Luego dio un paso con los brazos extendidos hacia él. Se tomaron de las manos. Ella las dirigió al encaje que matizaba sus senos. Le pareció que se sorprendía de la dureza de sus pezones. Volvió a besarle mientras acababa de desabrocharle el pantalón. Él hundió su rostro entre sus pechos y aspiró un nuevo perfume. Quizás almizcle. Lentamente se arrodilló resbalando por la suavidad de su piel. La tomó por las caderas y le besó el sexo por encima de la tela finísima. No le dolió que ella tironeara de sus cabellos. Finalmente la seda se liberó de su prisión y encontró su pubis desnudo. Por sorpresa. Lo besó obsesivamente, introduciendo su lengua por los pliegues recónditos. Ahora era ella la que gemía. Finalmente se zafó de su abrazo. Le miró desde su altura y dio tres pasos atrás, mientras se quitaba el sujetador y lo lanzaba lejos. Los pezones eran muy obscuros. Llegó a una de las sillas del comedor. Se apoyó en el borde del asiento y separó las piernas ofreciéndose lascivamente. Él acabó de desnudarse mientras la observaba fijamente. Lúbrico. Su sonrisa era cruel.

“Siénteme Elvira, porque vuelvo de la muerte para saldar nuestra deuda. Jamás me olvidarás,” le murmuró. La penetró profundamente. Ella gritó.

-oOo-

La luz del sol invernal sorteó los pesados cortinajes. Elvira se despertó exhausta en una cama desconocida. Sintió su desnudez. Estaba sola en la inmensa habitación. Escuchó un crujido tras la puerta. Llamó, “¡Vanno!” La puerta se abrió temerosa.

“Cosa fai qui, signora?” Una doncella.
“Ayer cené con el señor...” algo avergonzada.
“Don Giovanni? Ma il signore è morto! E Bruno… Suicidio… Tre giorni fa!”

Ella necesitó tres segundos para asimilar el acento véneto. Luego enloqueció.
Enero de 1.999”

lunes, 25 de febrero de 2008

El canto de los ruiseñores

Esta mañana, al despertar, de la oscuridad ha surgido el potente canto de un ruiseñor, atravesando el ventanal del balcón y las contraventanas. He imaginado al ave diminuta entre las ramas del tilo que asoma tras la tapia de nuestro patio, en el claustro inverosímil de una iglesia de ciudad.

No ha sido una sorpresa. Lo fue hace diez años. No uno, sino varios ruiseñores compitiendo con virtuosas fugas, réplicas, solos, dúos, concertantes, en el centro de una gran ciudad. De mi ciudad. Desde entonces he esperado y anotado en un diario inexistente el primer día del anual retorno del canto de los ruiseñores.

Hoy será él último asentamiento. Hoy será otro largo, difícil día de despedida.

lunes, 11 de febrero de 2008

A Mimianna le gusta.

A Mimianna le gusta caminar demorada por los carriles paladeando el exótico perfume de las flores de azahar. Le gustan los buñuelos de cuaresma y nuestra pequeña tradición de Jueves Lardero, que los precede y anuncia. Le gusta el aroma y la caricia de la ropa limpia recién extendida sobre la cama. Las velas y la luna.

A Mimianna le gusta que le acaricie los pies cuando nos reencontramos al final de una jornada sin final, cuando las tareas ya no son urgentes hasta que mañana sea otro día. Y encontrar mi calor en su lado de la cama.

Y el mar. Y el sol. La veréis cerrar los ojos ensimismada en su propia piel, paladeando el calor en cada uno de los poros de su desnudez. La tersa tirantez del salitre. El acompasado devaneo de la brisa preñada del murmullo de las olas, teñida de algas.

Demorar la vista en el azul, el malva, el plomo, el verde lima. Cimbrear el cuello siguiendo la cadencia de las ondas inmóviles. Adivinar la fresca humedad del óleo. Zambullir los ojos en esos nenúfares que no son nenúfares, que son todos los nenúfares.

Y la hora baja del verano, cuando el sol se ha ido y no viene la noche. Su hora violeta. Porque suyo y violeta es ese momento.

A ella le gusta Venecia y París y Salzburg. Y aquel pequeño pueblo de antiguas casas de piedra, junto a ruinas antiguas.

A Mimianna le gustan muchas cosas más.

También le gusto yo. ¿No es sorprendente? ¿No es magnífico?