martes 8 de enero de 2008

Mi árbol

Para los indios de norteamérica era una incongruencia inconcebible que el ser humano pudiera creerse dueño de la tierra, de los ríos, de una montaña o un bosque. Yo pertenezco, en cambio, a la cultura que sí ha entendido siempre que se puede delimitar y hacer propia una parte de la naturaleza, del mundo. Lo aclaro para explicar que yo tengo un árbol.

En realidad es tan mío como cualquiera de los innumerables árboles de esta ciudad en la que todavía habito lo es de cualquiera de sus ciudadanos. No da sombra en verano a un jardín tapiado al exterior. Al contrario, sus hojas cubrieron adoquines -asfalto ahora- cada otoño y reverdecen cada primavera entre paseantes. Desconozco a qué especie pertenece.

Durante años pasé a su lado sin reparar en su presencia. Durante los últimos ocho años he caminado bajo su copa al menos dos veces cada día. Fue poco después de iniciar este semoviente ritual diario que lo conocí. Y no lo vi. Lo olí. Fue su perfume el que me detuvo en mi ensimismamiento. Dulce y sutil. Primero busqué con la mirada un imposible macizo de flores en los alcorques. Solo cuando no lo hallé alcé los ojos y descubrí que las flores pendían sobre mi cabeza en apretados racimos verdes y amarillos. Aquélla fue mi primera sonrisa. Después vinieron las caricias. Cuando el día había sido duro, desviaba apenas la dirección de mis pasos, alargaba distraidamente mi brazo derecho y, sin detenerme ni mirarlo, las yemas de mis dedos rozaban apenas su corteza negra y surcada.

Fue mi árbol el primero que mi hija abrazó.

Hace unos meses, quizas algún año ya, apareció un círculo de pintura roja en su tronco que me turbó durante algún tiempo. Se me asemejaba a las cruces rojas de las puertas de los apestados. Imaginé sentencias de muerte para mi árbol dictadas por no sabía qué autoridades. Pero el tiempo fue pasando y no sufrió más cambios que los impuestos por las estaciones y las podas.
Poco a poco se volvió un referente en mi geografía particular. Pero también se espaciaron las sonrisas y las caricias. Él siempre iba a estar ahí.

No pensé que quien pudiera dejar de estar ahí fuese yo. Que fuese yo quien desapareciera del paseo, quien faltase a la cita del primer brote, de los quince días de floración, del desnudo del invierno. Mi árbol, lo sé, engrosará la ingencia de las cosas asoladas por el éxodo.
Esta mañana, mucho antes de que saliera el sol, he vuelto a pasar bajo su silente figura. No había nadie que se preguntara qué hacía besándole.