He oído tanto a Ossip como a 'Daam, personas de criterio, quejarse de la imposibilidad de reflejar en el arte una vivencia propia mejor (o al menos tan bien) de lo que ya algún otro lo haya hecho. Cómo expresar mejor el propio dolor, amor o sentido de la belleza de cómo ya lo hicieron otros, se preguntan en una desesperación teñida de ironía, en veladas y sobremesas (estas preguntas conviene hacérselas uno siempre sentado y en buena compañía, de lo contrario estamos a un paso de la neurosis y tampoco es plan).
Yo, confieso, sonreía para mis adentros y consideraba tales elucubraciones meras poses a medio camino entre la auténtica frustración por las propias limitaciones (reales o no) de mis amigos y la provocación al espectador hacia el elogio (merecido siempre).
Yo, en mi ignorancia.
Fue de a poco que tropecé con la poesía del cubano Reinaldo Arenas. Un libro encuadernado casi en papel de estraza. Ya conocía la existencia del poeta gracias a otro cubano, Cabrera Infante, y sus "Vidas para leerlas". Desconocía su obra. Desconocía también la arcana vinculación que nos unía. El pasado común y tan diferente.
Hace casi veinte años (de todo hace casi veinte años) yo no era yo ni mi vida era mía. Las reglas que debía acatar nada tenían que ver con las que respetaba; el lugar en el que habitaba, impuesto; las ropas que vestía, las personas, las rutinas. Nada mío ni elegido. Sólo me restaban mínimas parcelas de intimidad, de identidad. La emisora de radio que escuchaba en mis cascos, quizás. Una tarde de diciembre, ya oscurecido y acabadas las tareas del día, busqué mi rincón, abrí mi libro y encendí el pequeño receptor. En seguida resonaron las notas de un concierto para piano en mi cráneo. Nada diferente de lo que habían sido mis tardes en los últimos meses, nada distinto de lo que serían en los siguientes. Nada hasta que finalizó el concierto. Y sonaron aplausos. No era una grabación, el locutor me informó que finalizaba el tercer concierto de abono de... Y en aquel momento se me reveló la profundidad del pozo. En ese mismo instante, justo en ese momento, había personas que habían podido elegir asistir a ese concierto, que habían disfrutado de él, que ahora se alzaban satisfechas y a punto de elegir qué hacer a continuación. Y en ese instante, en ese momento, pesó sobre mí toda la alienación. Una triste epifanía conocer la propia falta de libertad.
Durante años ha perdurado el recuerdo de aquella sensación. Durante años he explicado la anécdota pero nunca (ni siquiera ahora) había logrado explicar realmente mi vivencia. Hasta que ante mi mirada atónita se desplegó
"Sinfonía
Esa sinfonía que milagrosamente escuchas
(el dueño de la radio portátil se ha dormido por lo que no ha
sintonizado "Radio Cordón de La Habana")
no te pertenece.
Esas resonancias magistrales,
esas inesperadas estancias que levantan parajes mágicos
y despliegan cortinajes,
esa armonía que ahora se abre como un mar,
esa música
es de otra época.
Tú no tienes que ver nada con ella.
Y es lógico que llores, como lo haces,
aunque no sepas, aunque no quieras confesar, por qué.
(La Habana, abril de 1969)"
Yo, confieso, sonreía para mis adentros y consideraba tales elucubraciones meras poses a medio camino entre la auténtica frustración por las propias limitaciones (reales o no) de mis amigos y la provocación al espectador hacia el elogio (merecido siempre).
Yo, en mi ignorancia.
Fue de a poco que tropecé con la poesía del cubano Reinaldo Arenas. Un libro encuadernado casi en papel de estraza. Ya conocía la existencia del poeta gracias a otro cubano, Cabrera Infante, y sus "Vidas para leerlas". Desconocía su obra. Desconocía también la arcana vinculación que nos unía. El pasado común y tan diferente.
Hace casi veinte años (de todo hace casi veinte años) yo no era yo ni mi vida era mía. Las reglas que debía acatar nada tenían que ver con las que respetaba; el lugar en el que habitaba, impuesto; las ropas que vestía, las personas, las rutinas. Nada mío ni elegido. Sólo me restaban mínimas parcelas de intimidad, de identidad. La emisora de radio que escuchaba en mis cascos, quizás. Una tarde de diciembre, ya oscurecido y acabadas las tareas del día, busqué mi rincón, abrí mi libro y encendí el pequeño receptor. En seguida resonaron las notas de un concierto para piano en mi cráneo. Nada diferente de lo que habían sido mis tardes en los últimos meses, nada distinto de lo que serían en los siguientes. Nada hasta que finalizó el concierto. Y sonaron aplausos. No era una grabación, el locutor me informó que finalizaba el tercer concierto de abono de... Y en aquel momento se me reveló la profundidad del pozo. En ese mismo instante, justo en ese momento, había personas que habían podido elegir asistir a ese concierto, que habían disfrutado de él, que ahora se alzaban satisfechas y a punto de elegir qué hacer a continuación. Y en ese instante, en ese momento, pesó sobre mí toda la alienación. Una triste epifanía conocer la propia falta de libertad.
Durante años ha perdurado el recuerdo de aquella sensación. Durante años he explicado la anécdota pero nunca (ni siquiera ahora) había logrado explicar realmente mi vivencia. Hasta que ante mi mirada atónita se desplegó
"Sinfonía
Esa sinfonía que milagrosamente escuchas
(el dueño de la radio portátil se ha dormido por lo que no ha
sintonizado "Radio Cordón de La Habana")
no te pertenece.
Esas resonancias magistrales,
esas inesperadas estancias que levantan parajes mágicos
y despliegan cortinajes,
esa armonía que ahora se abre como un mar,
esa música
es de otra época.
Tú no tienes que ver nada con ella.
Y es lógico que llores, como lo haces,
aunque no sepas, aunque no quieras confesar, por qué.
(La Habana, abril de 1969)"
