martes, 22 de enero de 2008

Contra la melancolía



Esta hebra de la madeja debería saldar una vieja deuda con Ossip:

Sabido es que las Aria mit verschiedenen Veränderungen vors Clavicimbal mit 2 Manualen las constituyen un aria y treinta variaciones, todas de forma binaria. Las variaciones se agrupan en ternas con una variación final en forma de canon, los cuales, además, evolucionan desde el primero, que es al unísono, hasta el último que es a novena. Únicamente el último grupo de variaciones concluye con un quodlibet y no con un canon. Por otra parte se considera que la variación 17, conocida como la obertura francesa, divide la obra en dos ciclos claramente separados.

La combinatoria no se agota aquí. Debemos considerar la posibilidad de incluir o no repeticiones o cuáles. El instrumento intérprete, ya sea clavicémbalo o piano... El juego de espejos se multiplica en sí mismo, por sí mismo...

Conocida es también la leyenda que acompaña al nacimiento de la obra, Anna Magdalena nos la refiere en su pequeña crónica.

Recuerda: "El conde de Keyserling, gran amante y conocedor de la música, llegó a ser uno de los más ardientes admiradores de Sebastian y venía algunas veces desde Dresde para verle y oirle. Por su mediación, Gottlieb Goldberg se hizo alumno de Sebastian y fue un discípulo extraordinario, que pronto adquirió fama gracias a un trabajo incesante y a la habilidad, facilidad y ligereza de sus dedos, verdaderamente asombrosas. Para este alumno escribió Sebastian el Aria con treinta variaciones, que es una verdadera prueba para el ejecutante y tan dificil que son muy pocos los pianistas que pueden tocarla. El tema para dicha aria se le ocurrió a Sebastian al componer la zarabanda en sol mayor que incluyó en mi cuaderno de música. Esta composición la escribió para Goldberg a petición expresa del conde de Keyserling, para que se la tocase en las noches de insomnio producidas por la melancolía, que solamente la música podía disipar. Nunca se cansaba de oir las Variaciones y por esa composición hizo a Sebastian el regalo verdaderamente espléndido de una tabaquera, a la que acompañaban cien luises de oro."

Nada estoy descubriendo si afirmo que Johann Gottlieb Goldberg, a la tierna edad de catorce años, en 1741, tuvo el privilegio de prestar su nombre e interpretar por primera vez una de las piezas más importantes de la Historia de la Música occidental.

Pero nada de eso sabía yo en mi muy lejana primera infancia cuando extorsionaba a mis padres (como sólo los niños pequeños saben hacerlo) para que pusieran, una y otra vez, en el viejo tocadiscos, el vinilo que se escondía en una funda adornada con treinta fotografías distintas del mismo pianista. Cuentan, y yo quiero recordar, que me sumía en un ensimismamiento impropio de mi edad. Una profunda seriedad en mi mirada. Una actitud casi reverencial. Aquellas notas vertiginosas me fascinaban. El canturreo del interprete veteando el sonido del piano. Tampoco sabía que la suerte me había deparado nacer a las Variaciones Goldberg de la mano de una de las versiones de referencia de las que había registradas en aquel entonces. Nadie ha podido darme noticia de cómo llego a la discoteca de mis padres (muy relativamente interesados en música clásica) la grabación de la integral de las Variaciones que ejecutó Glenn Gould en 1955. Aquel disco hace décadas que se perdió, pero para mí aquel nombre quedó para siempre tan vinculado a la obra como el del propio Goldberg. La fascinación me ha acompañado todos estos años y aún hoy. Ha superado, incluso, la adquisición de conocimientos... quién es Bach, qué unas variaciones, quién Goldberg o Gould...

Glenn Gould, pianista genial y excéntrico como el que más, contribuyó al acrecimiento de la leyenda. A pesar de que la jornada fijada para la grabación era un cálido día de verano, Gould se presentó con abrigo, bufanda y guantes. También acarreaba dos botellas de agua y toallas, para poder sumergir sus manos en agua caliente durante veinte minutos antes de la interpretación. Su impedimenta quedaba completa con multitud de cajas de pastillas para sus fármacos y su silla personal, mas baja de lo habitual. Tras este ritual, se dignó a legarme, sin saber que lo hacía, mis Variaciones. Las registró en estudio en otra ocasión, en 1981, poco antes de morir de un infarto unos días después de cumplir cincuenta años.

Yo cuento con la edición de ambas grabaciones que publicó Sony en 2002. Brillante fue la mañana en que las perdidas notas de mi pianista volvieron a sonar para mí. Y allí quedé con la mirada seria, reverente. Pero el paso del tiempo cobra inexorable su peaje. A la felicidad del recuerdo reencontrado se unió la desazón de la curiosidad. ¿Por qué ésa mi reacción? ¿Cuál, en realidad, mi reacción?

Me basta, como ahora que escribo, rememorar las primeras notas del Aria para conmover una media sonrisa en la comisura de mis ojos. Me provoca un íntimo sentimiento sutil de tristeza serena, placentera. Cada una de las notas, los silencios, las cadencias, frases y matices de las Variaciones se me figuran de una profundidad inabarcable. Siempre he sentido que encierran un mensaje trascendente. Invariablemente escucho las variaciones en soledad. ¿Estricta soledad? No, Bach, desde la oscuridad del pasado, se me hace presente (no es una figura retórica: es tal como lo siento). Junto a Bach, Gould canturrea, resopla, vive las piezas. Él, que también está muerto... Muertos. Algunos de mis muertos favoritos, en expresión de Cortázar (otro de mis muertos favoritos). Porque lo cierto es que las Variaciones a mí me hacen pensar en la muerte. Parecen el contrapunto perfecto a la voz grave del discurso de Huston en "The Dead" ("... newspapers were right: snow was general all over Ireland..."). Una muerte inconcebiblemente amable, hecha de ausencia, de noche, de descanso, pérdida y serenidad. No es ése mi concepto de la muerte. Debo suponer que era el de Bach.

Fue Oscar Tusquets quien me brindó la primera pista hacia lo que podría ser una confirmación. En uno de los artículos de su libro "Dios lo ve" se cuestiona la causa de que algunos retratos de los que nos separan cientos, e incluso miles, de años, se nos aparecen no solo contemporáneos sino terriblemente expresivos. No son, afirma, figuras lo que nos enfrentan, sino personas, con sus vivencias, con su espíritu, con su ser. El artísta, en todos los ejemplos que enumera, ha logrado captar la esencia del modelo. Por eso nos son cercanos. Y ello fue así porque, en todos los casos, el artísta "se sometía a la mirada del modelo, para el cual era el pintor de la Muerte". Era ese afán de trascendencia el que irrogaba en todos los casos esa paradójica vitalidad, esa profunda personalidad, al objeto retratado, en la que nos reconocíamos. Fue la presunción de la muerte lo que les hizo vivos.

Fue el propio Bach quien insinuó otro indicio. Suponemos que en el Notenbüchlein für Anna Magdalena Bach, como libro familiar de música que es, los esposos recogieron las piezas musicales que más gratas, íntimas o importantes les fueron. En él figura la primera composición de la que procede el Aria y, por tanto, las Variaciones. En su portada, ladeado a la derecha, Johann Sebastian anotó el título de tres de los libros que constituyeron su biblioteca. Los tres del teólogo August Pfeiffer. Uno de ellos su "Anti Melancholicy". En él, Pfeiffer recoge la tradición, que ya venía de la Edad Media, que afirmaba que la melancolía, el miedo a la muerte, la bilis negra, podía combatirse ejercitando la propia voluntad. Para ello era preciso tratar el alma, prepararla para aceptar el paso inevitable hacia Dios, para desearlo. Atenuar el miedo, domeñar la flaqueza. Y para ello uno de los remedios más efectivos debía ser la música, el arte inaprensible y, por tanto, vehículo ideal para la comunión con Dios. Con la posteridad. Con la muerte.

Con todo, sostengo que Bach confió a las Variaciones (no sólo a ellas, pero sí a ellas) su autoretrato frente a la muerte. En ellas dejó su esencia como persona. Su ser condenado a desaparacer. Por eso le siento presente, trascendido. Las Variaciones son Bach. Mucho más que cualquiera de sus retratos. Más, incluso, que sus palabras. Que sus actos. Johann Sebastian Bach pensaba y sentía mediante la música. Ése era su idioma y ésa su esencia. Ésa fue la materia que eligió para arrostrar a la muerte. Su remedio contra la melancolía.

No sé si estoy en lo cierto. Desconozco si ésta mi teoría es pacífica entre los entendidos o, por el contrario, sería calificada de disparate neófito. Tampoco importa. Sea como sea, Ossip, justo antes de que el disco comience a girar, cuando ya estés arrellanado a oscuras en el sofá, con una copa generosa en tu mano, cierra los ojos, suspira y prepárate a asistir, de nuevo, a una manifestación de lo absoluto.

jueves, 17 de enero de 2008

Inferno

He oído tanto a Ossip como a 'Daam, personas de criterio, quejarse de la imposibilidad de reflejar en el arte una vivencia propia mejor (o al menos tan bien) de lo que ya algún otro lo haya hecho. Cómo expresar mejor el propio dolor, amor o sentido de la belleza de cómo ya lo hicieron otros, se preguntan en una desesperación teñida de ironía, en veladas y sobremesas (estas preguntas conviene hacérselas uno siempre sentado y en buena compañía, de lo contrario estamos a un paso de la neurosis y tampoco es plan).

Yo, confieso, sonreía para mis adentros y consideraba tales elucubraciones meras poses a medio camino entre la auténtica frustración por las propias limitaciones (reales o no) de mis amigos y la provocación al espectador hacia el elogio (merecido siempre).

Yo, en mi ignorancia.

Fue de a poco que tropecé con la poesía del cubano Reinaldo Arenas. Un libro encuadernado casi en papel de estraza. Ya conocía la existencia del poeta gracias a otro cubano, Cabrera Infante, y sus "Vidas para leerlas". Desconocía su obra. Desconocía también la arcana vinculación que nos unía. El pasado común y tan diferente.

Hace casi veinte años (de todo hace casi veinte años) yo no era yo ni mi vida era mía. Las reglas que debía acatar nada tenían que ver con las que respetaba; el lugar en el que habitaba, impuesto; las ropas que vestía, las personas, las rutinas. Nada mío ni elegido. Sólo me restaban mínimas parcelas de intimidad, de identidad. La emisora de radio que escuchaba en mis cascos, quizás. Una tarde de diciembre, ya oscurecido y acabadas las tareas del día, busqué mi rincón, abrí mi libro y encendí el pequeño receptor. En seguida resonaron las notas de un concierto para piano en mi cráneo. Nada diferente de lo que habían sido mis tardes en los últimos meses, nada distinto de lo que serían en los siguientes. Nada hasta que finalizó el concierto. Y sonaron aplausos. No era una grabación, el locutor me informó que finalizaba el tercer concierto de abono de... Y en aquel momento se me reveló la profundidad del pozo. En ese mismo instante, justo en ese momento, había personas que habían podido elegir asistir a ese concierto, que habían disfrutado de él, que ahora se alzaban satisfechas y a punto de elegir qué hacer a continuación. Y en ese instante, en ese momento, pesó sobre mí toda la alienación. Una triste epifanía conocer la propia falta de libertad.

Durante años ha perdurado el recuerdo de aquella sensación. Durante años he explicado la anécdota pero nunca (ni siquiera ahora) había logrado explicar realmente mi vivencia. Hasta que ante mi mirada atónita se desplegó

"Sinfonía

Esa sinfonía que milagrosamente escuchas
(el dueño de la radio portátil se ha dormido por lo que no ha
sintonizado "Radio Cordón de La Habana")
no te pertenece.
Esas resonancias magistrales,
esas inesperadas estancias que levantan parajes mágicos
y despliegan cortinajes,
esa armonía que ahora se abre como un mar,
esa música
es de otra época.
Tú no tienes que ver nada con ella.
Y es lógico que llores, como lo haces,
aunque no sepas, aunque no quieras confesar, por qué.

(La Habana, abril de 1969)"

martes, 8 de enero de 2008

Mi árbol

Para los indios de norteamérica era una incongruencia inconcebible que el ser humano pudiera creerse dueño de la tierra, de los ríos, de una montaña o un bosque. Yo pertenezco, en cambio, a la cultura que sí ha entendido siempre que se puede delimitar y hacer propia una parte de la naturaleza, del mundo. Lo aclaro para explicar que yo tengo un árbol.

En realidad es tan mío como cualquiera de los innumerables árboles de esta ciudad en la que todavía habito lo es de cualquiera de sus ciudadanos. No da sombra en verano a un jardín tapiado al exterior. Al contrario, sus hojas cubrieron adoquines -asfalto ahora- cada otoño y reverdecen cada primavera entre paseantes. Desconozco a qué especie pertenece.

Durante años pasé a su lado sin reparar en su presencia. Durante los últimos ocho años he caminado bajo su copa al menos dos veces cada día. Fue poco después de iniciar este semoviente ritual diario que lo conocí. Y no lo vi. Lo olí. Fue su perfume el que me detuvo en mi ensimismamiento. Dulce y sutil. Primero busqué con la mirada un imposible macizo de flores en los alcorques. Solo cuando no lo hallé alcé los ojos y descubrí que las flores pendían sobre mi cabeza en apretados racimos verdes y amarillos. Aquélla fue mi primera sonrisa. Después vinieron las caricias. Cuando el día había sido duro, desviaba apenas la dirección de mis pasos, alargaba distraidamente mi brazo derecho y, sin detenerme ni mirarlo, las yemas de mis dedos rozaban apenas su corteza negra y surcada.

Fue mi árbol el primero que mi hija abrazó.

Hace unos meses, quizas algún año ya, apareció un círculo de pintura roja en su tronco que me turbó durante algún tiempo. Se me asemejaba a las cruces rojas de las puertas de los apestados. Imaginé sentencias de muerte para mi árbol dictadas por no sabía qué autoridades. Pero el tiempo fue pasando y no sufrió más cambios que los impuestos por las estaciones y las podas.
Poco a poco se volvió un referente en mi geografía particular. Pero también se espaciaron las sonrisas y las caricias. Él siempre iba a estar ahí.

No pensé que quien pudiera dejar de estar ahí fuese yo. Que fuese yo quien desapareciera del paseo, quien faltase a la cita del primer brote, de los quince días de floración, del desnudo del invierno. Mi árbol, lo sé, engrosará la ingencia de las cosas asoladas por el éxodo.
Esta mañana, mucho antes de que saliera el sol, he vuelto a pasar bajo su silente figura. No había nadie que se preguntara qué hacía besándole.