sábado, 20 de diciembre de 2008

Una aproximación a la Navidad (que se aproxima)

A Chales Dickens indudablemente le gustaba la Navidad.

Y no solo porque llegara a escribir cinco libros y una veintena de cuentos de temática navideña, lo que podría considerarse una (sobre)explotación de un filón editorial que él mismo creó, sino porque su propia visión de la vida estaba impregnada de lo que podríamos calificar de una filosofía navideña.

Nunca la llegó a elaborar de manera precisa y orgánica (Dickens era básicamente un novelista (de éxito) y no un filósofo) y consistía más en el deseo de hacer prevalecer el espíritu navideño a lo largo de todo el año, que en un corpus doctrinal. Quería que los sentimientos de bondad, solidaridad, esa cierta ternura que envolvían los últimos días de diciembre, se convirtieran en lo habitual en la humanidad. Este deseo, esta filosofía, aunque quedó reflejada en algunos ensayos y artículos periodísticos, en realidad se percibe más como un bajo continuo a lo largo de su obra de ficción no relacionada directamente con la Navidad. La manera en que trata a los más débiles, la comprensión y el respeto hacia sus propios personajes, la dignidad con que los irroga, más cuanto más humildes…

La infancia de Dickens no fue sencilla. Hijo de una familia pequeño-burguesa caída en bancarrota, se vio obligado a trabajar de niño en la Inglaterra de la primera industrialización, mientras su padre se hallaba en prisión por deudas. Sufrió, por tanto, toda la virulencia de una sociedad injusta, cruel e hipócrita como fue la victoriana.

Por ello sorprende que, según le describe su amigo y primer biógrafo John Forster, fuera un hombre jovial e irónico, dado al requiebro y la risa y que, como señala Marías, tenía tendencia a sentarse en las sillas al revés, de horcajadas, con los codos sobre el respaldo. Y, sobre todo y con todo, sorprende que en su obra se respire una fe en la bondad natural del hombre, tal y como se le aparecía en Navidad, incluso cuando denuncia las injusticias o retrata el dolor.

Fue el autor de lo que algunos consideran el mito navideño gracias al celebérrimo “A Christmas Carol” y, dicho está, escribió mucho más sobre la Navidad, pero mi cuento favorito se halla escondido en su libro favorito mío. Cada año por estas fechas busco mi grueso “The Pickwick Papers” y busco el capítulo 28. Y allí, con auténtico placer, no solo me reencuentro con el entrañable y bonachón Mr. Pickiwck y sus desbaratados compañeros, sino con una auténtica reunión navideña a la antigua.

Y es que a mí me pasa como a Dickens: que me gusta la Navidad.

A la antigua.

Como fueron durante muchos años las Nochebuenas de mi infancia. La noche del veinticuatro se reunían todos los hermanos de Abu. Nosotros veníamos de lejos (entre doce y catorce horas de coche, con los coches y las carreteras de entonces) y solíamos llegar algo antes, así que íbamos recibiendo a mis tíos y mis primos conforme iban llegando a la finca. Porque nos reuníamos en El Bosque, que es la heredad de uno de mis tíos: tierras de cultivo sin más árbol que un eucalipto gigantesco entre la era y el aljibe. Y un caserón enorme, capaz de albergar la sesentena larga de familiares que nos reuníamos. Recuerdo las mesas tendidas en dos salones contiguos, el alboroto, los rollos mojados en café con leche de cabra. Y las canciones. Cape y yo éramos los más pequeños de todos los primos (casi todas primas, todas en colegios de monjas inmediatamente post-conciliares, todas con guitarras), pero, a los postres, nos dejaban participar en una especie de representación teatral que ofrecíamos a los mayores y que, aunque cambiaba cada año, siempre acababa con un largo repaso del repertorio de villancicos. Y al día siguiente esperaba el desayuno de chocolate a la taza y, después, el cocido de pelotas y las mantecadas…

Y a mí me gusta el olor a té de Navidad de la casa de Tanta y las luces pequeñas y los villancicos de Bing Crosby y desear felicidad a quienes quiero… Y me emociona la ilusión de Nenna cuando descubrió el otro día que ya había llegado el tronco de Navidad.

En esta época de descreimiento (y soy apóstol de esa fe), a pesar del consumismo, las aglomeraciones, las reuniones (ineludibles) con los cuñados, la exageración o la ñoñería, mantengo que es bueno seguir el ejemplo de Dickens y continuar creyendo en el fondo de la Navidad, en la existencia, en alguna parte, de la bondad.

Aunque sea sin bajar la guardia.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Más que un encargo, una joda

Eso es lo que pensé cuando Ferragutto me propuso el asunto. Demasiado sencillo para buscar a alguien de la reputación y el caché de uno. ¡Miau!, me dije. Pero Ferragutto es un tipo tan serio como un saco de enterrador y no me iba a decir una macana. Además, en aquellos días yo iba debiéndole algo al guapo de la barra de El Quince y, sabido es que los apuros nunca vienen solos, me habían llegado noticias de que el insigne inquisidor Don Isidro Parodi se había encaprichado con un incidente en el que algo había tenido que ver quien suscribe. La solución a la ecuación era sencilla: la plata y la distancia me venían como anillo. Asentí sin separar la bombilla de los labios. Ferragutto gruñó al alargarme el sobre con los billetes y los nombres. Y las tarjetas. Cinco, pequeñas y cuadradas. Con un laberinto redondo pintado en negro, como un ovillo.

Del viaje no recuerdo más nada que las piernas de la mina del avión porque no se dio nada mejor que recordar. Pero, una vez en la metrópoli, me puse a laburar a full. Soy un profesional meticuloso, casi un artista, me atrevería a afirmar sin faltar a la modestia, así que me di unos días de estudio y entrenamiento. En la soledad del cuartucho de la pensión interioricé caras y costumbres hasta hacerlos íntimos a aquellos desconocidos. También me procuré una pelota y recordé los tiempos en que fui el mejor lateral izquierdo sobre el pasto de las canchas de la provincia; tan bueno era, me creerás, que el Independiente me hacía proposiciones y, si no hubiese sido por aquella visita tan forzosa como inoportuna a los Servicios Penitenciarios, aquí estaría ahora explicándote.

Así pasaron los primeros días, hasta sumar dos semanas, que el tiempo vuela y, si veinte años no es nada, me aliviarás de la obligación de explicar con qué rapidez. El caso, y a lo que voy, es que el siguiente martes pasé a la acción. Había decidido principiar por el capo, que no fuera que, en caso contrario, se las viera venir. Así que lo esperé frente al edificio de la Municipalidad. Hacía ya rato que dieron las once cuando lo vi aparecer caminando desde el estacionamiento. Inconfundible su cara de merluza. De merluza tonta, para mayor redundancia. Y sin un mero acompañante, sin protección, repugnantemente fácil. Lo dejé pasar, sabía que no tendría que esperar demasiado a que terminara la jornada. El tiempo justo para un trabajito manual de sabotaje básico. No daban las doce que ya habíamos terminado. Los dos. No se percató de que lo seguí hasta el auto, ni que esperé a que le fallara el arranque, encendiendo un pucho con lo que quedaba del anterior, ni que me situé a su espalda cuando abrió el capot y se asomó al motor. Separando las piernas, claro. Era la primera vez que empleaba la técnica, tenés que entender, y podría ser que se me fuera la mano. O el pie. El caso es que el tipo hizo un ruido raro, como cuando prensás gofio. ¿Nunca prensaste gofio? Pero sabés qué cosa es el gofio, ¿no? ¡Pues imaginate que lo prensás, che! ¡Si me interrumpís no terminamos más! Hizo ese ruido y se me desinfló encima del zapato, como un títere al que le hubieran cortado los piolines. Boqueaba como una merluza fuera del agua, el señor concejal de urbanismo, cuando le dejé la tarjetita en el bolsillo.

No permití que se enfriara el ambiente, que luego agarrás los resfríos, y me llegué a la oficina del siguiente de la lista. Otro piantado sin más protección que una secretaria vieja y desagradable, aunque muy adecuada para trabajar en el fisco. No tenía previsto quedarme mucho tiempo en el país, así que me permití una licencia en esa regla sagrada de la profesión que reza: no dejés testigos. ¡Ni medio comentario, pibe, ni medio! La vieja entró justo cuando culminaba, con el interfecto a horcajadas sobre el cuero y los ojos desorbitados, como si tuvieran que dejar espacio a lo que ascendía, y con un gemido sin fuerza. Tuve que salir de corrida y por poco me dejo la tarjeta. Se la tiré a la cara a la momia. La del recaudador no había tocado todavía el piso cuando yo ya llegaba a la calle.

Tuve que imponerme un parón de un par de días, los justos para reponerme de la sobrecarga muscular. Uno ya tiene una edad, qué querés. Y eso me complicó algo la operativa. Pocas noticias en la canícula del verano y dos ataques tan singulares llamaron demasiado la atención de los rotativos, tan dados a la hipérbole y el melodrama. Aunque te confesaré que me halagó el apelativo con el que me bautizaron: El Pateador del Laberinto.

A la mañana del tercer día volví, como Cristo. Y el tercero fue el más difícil de localizar. No porque, alertado por la fama que me precedía, temiese mi actuación, no. Lo que pasaba era que el tipo no comparecía en la oficina, ni en las obras que se suponía que dirigía, ni en la sede del colegio profesional. Menudo, el arquitecto. Empezaba a desesperar, te seré sincero, cuando se me ocurrió cambiar totalmente la estrategia. Casi grité eureka, si me entendés. ¿No? No sé, es griego o árabe, creo. ¿Qué querés, que te traduzca? ¿Qué tenés en la cabeza? ¿Moco? Dejate de tocar las pelotas y escuchá, che. El caso, y a lo que voy, es que me fui para el club de golf. Y allí estaba, ‘ta claro, con sus bombachudos a cuadros y un pulóver rosa y amarillo. Casi tuve que cerrar los ojos ante la policromía, cuando me acerqué. Y el hombre todavía me sonrío. Y siguió sonriendo, pero con unas lágrimas como puños cayendo por las mejillas después de mi gesto, cada vez más preciso, que la práctica es lo que da, precisión. Le dejé la tarjetita en la cinta de la visera verde pistacho.

En cambio, el albañil fue el de encuentro más sencillo. No tuve más que esperarlo a la salida del bar de siempre. La ejecución, empero, fue la menos limpia. Ya costó que enfocara la tarjetita que le ofrecí para que se parara y, desde luego, no ayudó en lo más mínimo ese vaivén, esa falta de verticalidad del tipo. Tuve que repetir para que reaccionara, para superar la dosis de anestesiante que cargaba.

Ya llegaba al final del trabajo. Solo me quedaba una tarjeta. Preparé la valija y cerré los trámites del retorno. El último objetivo me agarraba de camino. Un local en el centro. No más una pibita. Le pregunté por el tal Álex. Y allí llegó ese momento de desconcierto que, tarde o temprano, siempre nos pierde. ¡Álex era ella! ¡Quedé consternado, che! Lo aprovechó, la condenada, y antes de que supiera qué pasaba tenía encima a aquellos gorilas. Me llevaron preso… Sí, pibe, fallé. Pero decí ¿Cómo hacés para acertar una patada en las pelotas a una decoradora?

viernes, 28 de noviembre de 2008

In memoriam. Contra la melancolía (3)

Iñaki murió dos días después de cumplir veinte años. Había sido mi amigo de la infancia. Durante ese tiempo eterno que abarca de los cuatro a los trece años, nos hicimos cargo mutuamente, sin advertirlo, de parte de nuestras vidas; la que quedaba fuera de casa, de los padres, de la familia. La más dura. La del colegio, los profesores, los otros niños. Él era un niño de acción, atlético, inteligente y risueño. Lo recuerdo siempre sonriendo a Iñaki. Con todo el rostro, generosamente, pero especialmente con los ojos. Sus ojos claros parecían intuir la sonrisa antes de que se dibujara en los labios y en ellos parecía perpetuarse, como un regusto, cuando ya había acabado. Le recuerdo una sonrisa bonita a Iñaki. Y era tal la sucesión de sonrisas y (aun) risas, que sus ojos parecían sonreír siempre.

Excepto cuando enfrentaba una injusticia. Entonces dirigía su mirada acerada al injusto, dispuesto a poner fin a la felonía de que se tratase, sin calcular jamás sus posibilidades de éxito, el tamaño o el poder del contrincante. Porque en eso Iñaki era quijotesco. Se empeñó siempre en proteger a los más débiles de sus compañeros, jamás utilizó su fuerza o inteligencia contra alguien con menos recursos que él. También por eso, quizás, fuimos amigos. Porque él hallaba un cierto encanto galante en protegerme (a mí, que me sabía débil de fuerzas), pero sin subordinaciones. Él gustaba de decir que admiraba en mí mis ideas (y, a qué negarlo, a mí me gustaba oírlo).

Acabó el colegio, pero perseveramos. No era difícil en una ciudad pequeña de provincias. No era difícil con Iñaki. De tanto en tanto nos reencontrábamos con una naturalidad que obviaba los periodos de ausencia cada vez más largos.

Y luego enfermó y la enfermedad le dio la oportunidad de volver a demostrarnos de qué materia especial estaba hecho cuando cumplió con el compromiso que contrajo consigo mismo: quizás él no podría vencer a la enfermedad, pero la enfermedad no podría vencerlo a él. Y así fue. Durante dos terribles años. Hasta que Iñaki murió justo después de cumplir los veinte.

Iñaki fue mi amigo de infancia y es mi muerto más querido. También murieron mi abuela y algunos de mis tíos y sentí sus muertes, pero eran previsibles (ley de vida, se afanan a exclamar), no me provocaron el vacío que creó Iñaki. Su muerte.

Vacío, eso fue su muerte.

Un vacío que me empeñé en llenar apenas volví del servicio fúnebre. No me servía (por unamuniana desgracia) la fe de mis padres, que había sido la mía pero ya no lo era entonces. No creía ya, como no creo ahora, en la cosmogonía de resurrección cristiana. No podía recurrir a la religión.

Pero sí a la literatura. Y encomendé mi desconcierto a las palabras de Cortázar. “Ahí pero dónde, cómo” es un cuento que no es un cuento. En él Cortázar nos relata la presencia de su amigo Paco, muerto treinta y un años antes, en sus sueños. Sólo que no es un sueño, “cómo decirlo, cómo seguir, hacer trizas la razón repitiendo que no es solamente un sueño, que si lo veo en sueños como a cualquiera de mis muertos, él es otra cosa, está ahí, dentro y fuera, vivo aunque lo que veo de él, lo que oigo de él: la enfermedad lo ciñe, lo fija en esa última apariencia que es mi recuerdo de él hace treinta y un años; así es”. Es un cuento que no es un cuento: Cortázar, muchos años después de escribirlo (una vida lo separaba de su amigo Paco) confiesa en una entrevista que lo escrito reflejaba cuidadosamente lo que en realidad experimentaba, lo que seguía experimentando. Yo llegué a aprenderme largos fragmentos de ese relato, con la esperanza de sustituir una fe increíble con una creación literaria (Tusquets señala, con sorna, que estamos dispuestos a creer que determinadas obras ciclópeas de la antigüedad las realizaron extraterrestres, porque no creemos que lo pudieran lograr hombres).

Durante un tiempo quise creer que, aunque no existiera el cielo o la resurrección o la reencarnación, algo debía quedar de nosotros, tras la muerte. Me cuenta S. un recuerdo (que no sabe si suyo o de su ama) del sur de México, en día de muertos, cuando “todo se revestía de flores particulares, olía a copal y todos estábamos cerca”, los vecinos encienden velas por las aceras: largas filas, que se adentran en los portales para señalar el camino a los muertos que vuelvan a visitar a sus seres queridos, por unas horas. Los romanos adoraban (en realidad) a sus manes, a los espíritus de los seres queridos. Y ésa era mi fabulación: la posibilidad fantástica de mantener un vínculo, de alguna manera, con mis muertos. Con mis vivos, cuando yo muriera.

Pero el vacío continuaba presente bajo esa mi voluntad. Más patente, si cabe, cuanto más intentaba ocultarlo. La fábula no resiste (no resistió) que la mire a los ojos. No era cierto, no creía (no creo) en la perdurabilidad de nadie tras la muerte. La muerte es el final.

Y queda el vacío.

Los nihilistas, con Sartre a la cabeza, erraron el punto de vista (lo que, en el caso del francés, era anatómicamente lógico), así, lo que nos crea esa nausea existencial no es constatar que tras nuestra muerte no hay otra cosa que la desaparición. No hay miedo (no puede haberlo, es ilógico) a dejar de existir, porque, a la vez dejará de existir nuestra consciencia, nuestro miedo, el mundo. No: lo que aterra es la muerte de los otros, de las personas a las que queremos, si sabemos que su muerte es su final definitivo. Para siempre.

Dice Marías que la vida nunca ahorra dolor. He tenido una gran fortuna hasta una edad tardía. Sólo me falta Iñaki. Pero sé que, tarde o temprano, tendré que afrontar la muerte de alguien que me sea muy querido y confieso que no sé cómo lograré superarlo. En algún caso (imaginad, que yo no puedo, Mimianna o Nenna) sé que nunca lo superaría. Es esa una melancolía contra la que no tengo herramientas. Y la temo.

La memoria, nos queda el recuerdo. Pero el recuerdo de lo perdido siempre es doloroso. La memoria, en este caso, ya no es refugio, sino todo lo contrario. Ossip me explicó que, en los peores momentos, habría deseado olvidar a la persona muerta, sacrificar lo vivido (su memoria, su existencia) si con ello desaparecía el dolor. (Me lo dijo como de pasada, sin darle importancia, como dice las cosas Ossip, que luego me duran años).

Si a la respuesta de ahí, pero dónde no es otra que en ningún sitio, si la memoria se torna un país doloroso, si no hay velas para guiarme hasta mis muertos, ¿Qué queda?

Vacío (por ahora).

viernes, 21 de noviembre de 2008

El ángel bueno

En la obscuridad, en el cuarto de Nenna. Con Nenna. Mimianna y yo cumpliendo el voto que nos hemos hecho de ayudarle a vencer eso que creemos miedo, acompañándola hasta que concilie el sueño. A solas con la obscuridad y nuestras presencias. Desde la cama de Nenna me llega la voz de Mimianna. Le susurra historias de cuando ella era pequeña, de los nombres de sus muñecas. De la bondad de Puccinela, el muñeco que la acompañó durante todas las noches de su infancia, que la cuidaba, que nunca permitió que sucediera nada malo. El mismo muñeco que sé que abraza en este momento Nenna, sin acabar de creer, sin dejar de creer.

En el suelo, donde me he tumbado, suspiro mi propio cansancio, mi sueño. Y el susurro de Mimianna, evocando su propia infancia, le explica ahora a Nenna cuando dormía con la yaya, su bisabuela, y ésta le hacía rezar… Y no, me digo en silencio, no sigas que en eso no creemos, que Nenna no está bautizada, que con nuestro mundo no van los curas, los santos ni las vírgenes, ni los rezos… no sigas… En silencio escucho una pequeña oración que invoca la protección para los infantes, de su sueño, en ese idioma que es el nuestro pero no fue el de mi niñez. Una pequeña y linda oración rimada para saludar al Ángel de la Guarda.

Y, súbitamente, la presión en mi espalda ya no la provocan las baldosas, sino el papel pintado de la que fue mi habitación, la primera que recuerdo, la segunda que dicen que tuve. La pared a la que se arrimaba mi cama, el lugar por donde nada me podía atacar mientras dormía, al que podía dar la espalda. Y las palabras en ese idioma extraño trajeron a mis labios una invocación antigua, olvidada, a mi propio ángel, el que me acompañó toda mi infancia.

Él (porque era él) era un ángel de largas alas blancas y torso atlético (nada de pusilánimes, si tenía que cuidarme). Él siempre me acompañaba y, procurando que yo no lo advirtiera, apartaba de mi camino todos los peligros. Me defendía, cómo no, del mal y de caer en el pecado. Como todos los ángeles. Pero el mío, además, jugaba conmigo. Y conversaba. Y paseaba a mi lado. Y, sobre todo, se sentaba en el cabezal de mi cama toda la noche, siempre en vela, siempre vigilando. Mi ángel no era cualquier ángel. Y tenía nombre.

Y me sorprende no recordar cuándo dejó de acompañarme. Cuál fue la última tarde en que le dirigí una mirada, una palabra, me hizo una caricia con sus alas. Cuándo dejé de creer en él. Cuándo, más tarde, lo olvidé.

Y se me aparece tan largo el camino que he transitado sin él. Sin contar con su ayuda, con su compañía. ¡Qué mayor he sido! ¡Qué valiente! Todo este tiempo, toda esta lejanía, sin creer. Sin recordar que creí. Y lo añoro a mi ángel, que se debió quedar tan solo, en una niñez que dejaba de serlo y que nunca volverá. En el que nunca volveré a creer.

Y no puedo evitar (porque ya soy mayor, porque también soy lo que he leído) recordar la voz quebrada de Alberti en su poemario sobre los ángeles, el que bañó el final de mi adolescencia, la pérdida de las últimas inocencias.

Y acompaño en silencio la pequeña letanía de Mimianna. Porque ya no creo pero creí y fue bueno. Para proteger el sueño de Nenna. Para encomendarla a su cuidado. Para que halle su ángel que, sin lastimarla, cave una ribera de luz dulce en su pecho y le haga el alma navegable.

lunes, 17 de noviembre de 2008

S.

The pleasure and the privilige are mine.

Gracias (en cualquier caso).

sábado, 15 de noviembre de 2008

Son peligrosas las costumbres

Ela lo tiene dicho: el hombre es animal de costumbres.

Y es así. Sin más explicación tendemos a repetirnos, a crear determinados moldes. Sin causa aparente que justifique la elección de un modelo determinado y no cualquier otro de todos los posibles. Sin saberlo, sin detenernos a pensarlo. Sin advertirlo, tan siquiera.

Son incontables los croasanes con café con leche que he desayunado, en aquel bar y no en otro de los centenares que lo rodean. En aquel rincón de la barra (si es posible). Infinitas las veces que he pisado las baldosas de aquel callejón, para llegarme a la estación, las de la acera umbría (incluso en invierno), aunque había otros recorridos posibles. Era los viernes cuando paseaba con Ossip a pesar de que ambos teníamos habitualmente todo el fin de semana libre.

Poco a poco nos rodeamos de conductas que repetimos, de costumbres. Quizás alzándolas como pequeños diques de seguridad en medio del maremágnum, del caos que intuimos que nos acecha. Los límites y las bases de un territorio conocido, seguro. Son, quizás, los hitos de ese nuestro territorio personal, las marcas de nuestro mapa de cada día. Configuran el escenario en el que nos reconocemos. Definen el mundo en que nos vemos capaces, que abarcamos, que creemos que podemos controlar. Me arriesgué a probar un croasán y me gustó: no tomemos más riesgos. Poco a poco (y cada vez más, con la edad) se endurecen, se tornan más rígidas, más excluyentes. Finalmente, manías.

Son peligrosas las costumbres. Todas. Hasta las más (aparentemente) inocentes, inocuas, las más predecibles e imperceptibles. Ésas especialmente. Y no (solo) porque nos hagan correr el riesgo de maniatizarnos (o maniatarnos), sino porque en esos pequeños ritos íntimos anida el tiempo. Pueden ser hitos, es cierto, pero los hitos del camino se alejan siempre. Irremisiblemente. Y cuando echamos la vista atrás señalan perfectamente la distancia que nos separa de aquello que alguna vez fue nuestro presente. Insalvable. ¿Te acuerdas cuando solíamos? Nos preguntamos a veces, sorprendidos. Sorprendidos porque ni nos dimos cuenta de que dejamos de hacerlo. Menos sorprendidos (cada vez menos sorpresas, eso también es envejecer) del tiempo que hace que perdimos aquella costumbre, de que hayan pasado quince años. Ya. Quince menos.

¿Te acuerdas de cuando íbamos al cine?

The Women”, de Diane English, con Meg Ryan y Annette Bening no pasará a la historia del cine, desde luego. Apenas un refrito de la película del mismo título dirigida por George Cukor en 1939. Una comedia amable, buenos diálogos y guiños lo suficientemente poco escondidos. Nada especial. Si no fuera porque nos gustó mucho, nos hizo reír a carcajadas hasta el llanto y fue la que el azar eligió para que Mimianna y yo volviéramos a una sala de proyección. Cuarenta y tres meses después.

Un regalo por sorpresa de Ela y Abu.

Porque es cierto y Ela lo tiene dicho: somos animales. De costumbres. Y retomar o remedar las que fueron nuestras costumbres también es desandar el camino, salvar lo insalvable. O hacernos esa ilusión. Un poco.

O reencontrarnos.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Paradoja

Guillermo Cabrera Infante es uno de mis escritores favoritos y he leído muy pocos de sus libros. Tan solo tres: “La Habana para un infante difunto”, “Vidas para leerlas” y “Tres tristes tigres”.

El primero lo leí muy joven, con once o doce años, y lo hice por la emulación del título con el de una pieza musical que ya entonces se encontraba entre mis adoraciones: la “Pavane pour une infante défunte”, de Ravel. Excesivamente joven. Me superó. Apenas recuerdo otra cosa que la ardua labor en que se tornó la lectura. Nada placentera.

El segundo es el último (novedoso) que he leído. Se trata de una serie de retratos literarios de autores cubanos (en la mayoría de los casos), de sus andanzas, de sus problemas con el régimen… No me gustó especialmente. Algo farragoso en algún momento. Pero le debo la primera noticia sobre Reinaldo Arenas y algún relato emocionante, como el de García Lorca en La Habana.

El tercero, “Tres tristes tigres” explica y justifica mi primera afirmación, ese aparente oxímoron. Cabrera es uno de mis autores favoritos porque uno de sus libros, ése libro, es uno de mis libros amados. Lo he leído tres o cuatro veces por completo e infinidad en fragmentos. He leído pocos de sus libros, pero lo he leído mucho.

Vengo afirmando que la memoria está contenida en la música. Mucho mejor que en cualquier otro arte. Eso es habitualmente así. También es lo normal que no seamos conscientes de con qué pieza concreta se asociará, cuáles serán las notas que nos evocarán este momento, cuando sea pasado. Pero toda regla (dicen) tiene su excepción.

Y “Tres tristes tigres” es excepcional.

No solo por su factura, por el dominio del idioma, por la trama, por el mundo que logra rememorar (o recrear, en mi caso, que no conocí la Cuba de Batista). No solo por el placer inmenso que proporciona su lectura, cada una de ellas. No por todo ello, sino porque, extrañamente, entre sus páginas hallo parte de mi pasado.

Tres meses antes de cumplir dieciocho años inicié las clases del primer curso de carrera. En otra ciudad. Una gran ciudad, la que yo ya había elegido como mía, la que pretendí que sería mi ciudad para siempre (y así fue hasta hace unos meses). Fuera, por primera vez, de casa de Ela y Abu. La inteligencia de alguien había propiciado que las obligaciones curriculares de aquel primer curso fueran irrisorias, apenas cuatro asignaturas (lo compensó en cursos posteriores, siempre dando muestras de mayor inteligencia). Yo disponía, por tanto, de mucho tiempo libre (casi todo) y de una ciudad inmensa para ser explorada. Las expediciones comenzaban a media mañana, una vez acabadas las clases, y se dilataban hasta la hora vespertina de la cena temprana. Siempre caminando. Casi siempre con un libro en el zurrón (yo llevaba un zurrón en aquellos tiempos, confieso). Siempre en soledad.

Y con una sonrisa bailándome en los ojos.

Porque sabía que aquel momento era un momento de tregua. Y legítima, además, pues no hacía otra cosa que la que se esperaba de mí (que yo esperaba de mí). Realmente contaba con todo ese tiempo. No había nada malo en que lo dedicara a pasear, a entrar gratuitamente en galerías de arte (antológicas las miradas de los galeristas), a admirar las evoluciones de las bandadas de estorninos contra el cielo color terracota (es así como lo recuerdo). O a leer.

Casi siempre un libro, pero el que llevaba lo había acabado. Y quería leer esa tarde. Al pasar frente a un quiosco, un gran cartón, con dos libros pegados, anunciaba la primera entrega de una colección de clásicos contemporáneos de la literatura universal. A precio de lanzamiento, dos ejemplares. Me interesaba uno de ellos. Aun a sabiendas que el dinero que dedicaba a esa compra esfumaba la comida del mediodía del día siguiente, me los llevé. Suelo dejar en el plato el bocado predilecto hasta el final y algo parecido hice en aquella ocasión. Decidí dejar para después el libro que me interesaba. Hallé una plaza recóndita y muy antigua, sin coches. Y un banco de piedra, en una esquina, bajo el único árbol, pero inmenso. Me acomodé (con esa edad, hasta un banco de piedra es cómodo) y me sumergí en la verborrea cubana de una joven que sabía demasiado bien qué esperar de La Habana, años cincuenta. Y me hundí en “Tres tristes tigres”. Cada vez con mayor asombro, con mayor deleite. Con toda la felicidad de ese momento. Y con toda la consciencia de que ése sería el receptáculo de aquellos raros días de libertad, para los venideros, para los que se irían acumulando después, alejándome de aquella mi edad.

Por eso ese libro es excepcional. Porque al abrirlo sé que encontraré un pequeño oasis, una tregua. O su memoria. Y, en la vida, las treguas son excepcionales.

miércoles, 15 de octubre de 2008

¡Tiempo!

'Daam tiene un relato de juventud premonitorio. En él, un niño malcriado y despótico le pide a su padre, como regalo de Navidad, tiempo. Y el padre, cansado y desesperado, se pregunta cómo cumplir con ese deseo. Desgraciadamente para él, descubre que, de alguna manera fantástica, el vampirillo ya ha conseguido que se le conceda el capricho. A costa del tiempo del padre, quien cada vez dispone de menos para sí mismo.

Es de juventud y es premonitorio. Tan de juventud que ni él ni yo teníamos hijos en aquel entonces (ni intención). Su apreciación es, por tanto, fruto de una observación casi etológica de su entorno, de los sujetos que sí tenían entonces. Es premonitorio porque ahora los dos tenemos hijos.

Y nos falta tiempo.

Sería injusto que aquí culpase a Nenna del ajetreo de mi vida, de la acumulación de actividad que se agolpa entre mis cortos periodos de sueño (un poco más largos ahora), de la cantidad de cosas que, con todo, hay que hacer y están pendientes pero que hay que hacer. Nenna supone un plus de actividad, únicamente (algo más activo, más cansado, más extemporáneo, el más importante), pero sólo eso.

No estoy de acuerdo con Hipócrates, la vida no es (necesariamente) breve, no es el arte prolongado. Son las obligaciones las que son no ya prolongadas sino infinitas. El cúmulo de responsabilidades que vamos echando sobre los hombros, la red de dependencias que creamos al nuestro alrededor, las expectativas, las metas, son las que devoran nuestro tiempo. Las que hacen que, en algún momento de lucidez (o de respiro agotado), alcemos los ojos enrojecidos y lo veamos consumirse a una velocidad realmente increíble. Todavía me sorprende que muchas de las cosas que recuerdo como bastante cercanas en el pasado, una vez echadas las cuentas, me contemplen desde una distancia de veinte o veinticinco años: una cantidad de tiempo que era toda mi vida hace (me parece) apenas unos años.

El tiempo no huye, se gasta. Lo gastamos con cada actividad que realizamos. Las placenteras, las obligadas, las necesarias, las fútiles, todas gastan tiempo. Y el dinero. O su obtención. Ésa es la actividad que más gasta, que más nos ocupa, que más nos obliga.

Durante algún tiempo me pregunté porqué. Fábulas anticonsumistas aparte, ¿Por qué dedicamos tanto esfuerzo y tiempo a ganar dinero? Incluso en los casos más normales y austeros, menos marquistas. Para qué la riqueza, qué aporta, qué es realmente riqueza.

La respuesta (a la que yo llegué, al menos) es sencilla. Aunque no original: coincidí con la que apuntó algunos años después una campaña publicitaria de la lotería de Navidad, que consistió en ir mostrando, en blanco y negro y con filtros que suavizaban los contornos, a gente ociosa paseando junto al mar, leyendo, jugando con niños… y acabar ofreciendo el premio: tiempo. No el montante del premio rifado, sino lo que permitía su cuantía.

Y es cierto: la riqueza consiste en disponer de tiempo. Sin necesidad de gastarlo en obligaciones.

Aunque para ello necesites ganar dinero.

O que te toque la lotería.

lunes, 6 de octubre de 2008

Creo

Para una de mis amigas lejanas, algunos de sus libros (la traducción concreta, la edición, el ejemplar en sí) son los únicos que realmente contienen la obra. No otros, no otras ediciones o traducciones, no otras interpretaciones. A mí me ocurre lo mismo con determinadas grabaciones. Las Variaciones son de Gould (1981, preferentemente) o no son; no son Tosca ni Scarpia si no Callas y Gobbi, en blanco y negro. Y para elegir cuál es la versión que contiene la obra para mí (y para mi amiga, me consta) nada tiene que ver su calidad u originalidad. Sé que existen mejores ediciones, que la traducción o la interpretación son mejorables, incluso conozco otras excelentes. Pero no son las que se me brindaron para descubrirme esas piezas. No son las mías.

Ela y Abu me regalaron hace treinta años una colección de discos (de vinilo, de 33) de música clásica, por fascículos. Cada semana, los jueves, aparecía mi padre con el disco y el folleto bajo su brazo. Esa colección, de alguna manera prefiguró (y configuró) mis gustos musicales, mis preferencias. Me mostró pistas a seguir o condenó al ostracismo a autores (Brahms, el pobre, por ejemplo) del que solo después de muchos años, de escuchar mucha más música, he rescatado, por el mero hecho de que las piezas elegidas para representarlos en la colección no me agradaron en su momento. Un día, la segunda cara de uno de los discos, dedicado al chelo, me deparó por primera vez la tercera suite para violonchelo nº 3, en Do mayor, de Bach. La carátula me informó de que existían cinco más. También que quien las había descubierto para el mundo (moderno) había sido el músico Pau Casals. Apunté mentalmente la necesidad de escucharlas.

Y la tarea quedó íntimamente pendiente durante diez años. Hasta el día en que sorprendí entre los saldos de un catálogo de venta por correo (al que estaba abonado Cape, mi hermano) un CD con la integral de las suites. Interpretadas por Pau Casals. Y al precio de escándalo que se podía permitir mi economía (siempre tan maltrecha). La espera duró quince interminables días. Pero concluyó un viernes. Esa noche, después de cenar, me encerré en el salón, encendí la lamparita de la bombilla azul y puse (por fin) el disco.

Y las suites (aquellas) se hicieron mías para siempre. La versión no es la mejor (la supera alguna de Rostropovich, incluso de Yo-Yo Ma, técnicamente (y en aburrimiento)). Las notas no son siempre nítidas, Casals golpea en ocasiones con el arco el instrumento, se le oye respirar (incluso tararear), algún crujido de la silla en la que se halla sentado. Y creo que fue eso lo que obró el milagro. Porque es como si lo tuvieras sentado en una silla de casa, frente a ti, luchando con las notas de Bach, con el chelo, con sus dedos, el sudor. Haciéndoles expresar… ¿Qué? ¿Pasión? ¿Rabia? ¿Desesperación? ¿Desafío? O todo ello. El libreto me informó en los días precisos en que se realizaron las grabaciones en París. No recuerdo las fechas (y no puedo acceder a ese disco), pero sí los años. Entre 1936 y 1939.

En el exilio.

Mucho tiempo después asistí a un pregón pronunciado por Eduardo Mendoza. Más que un pregón fue una conferencia. Más que una conferencia, un diálogo (unilateral, pero no monólogo. Nos hacía participar a cada uno de los asistentes. De alguna manera). En él sostuvo, nos mostró, la fuerza de la cultura, del conocimiento, del arte como bastión de la humanidad, frente a la sinrazón y la barbarie. Soy incapaz de repetir sus palabras, pero recuerdo sus ojos azules, fríos e inteligentes clavándose en los míos (en los de todos) conminándome a buscar para mí y para mis semejantes la belleza y el conocimiento, a afrontar la fealdad, la falsedad. La maldad.

Y recordé mis suites. Y a mi calvo chelista volcando en ellas toda su indignación y tristeza frente a la maldad que avanzaba, que había asolado su vida (y la de muchos otros). Y, con todo, el desafío que lanzaba a esa maldad por el mero hecho de seguir tocando esas notas, de seguir produciendo belleza, se seguir manteniendo toda su dignidad y, con ella, la de muchos otros.

El arte, la cultura, desde entonces, devinieron para mí algo más que una acumulación de conocimientos o experiencias. Superaron incluso la connotación de placer hedónico que siempre me habían proporcionado (aunque no la perdieron). Y se convirtieron en una actitud frente a la vida. Su ejercicio, su disfrute, su transmisión, en ese baluarte contra los feos (en palabras de Nenna) y lo malo. En ese rincón en el que refugiarse, cuando la obscuridad crece alrededor, para detenerse, mirarse y reconocerse como el ser humano que cada cual es. Cada vez que leemos un poema, que admiramos una pintura. Cada vez que la orquesta afina antes de un concierto (cómo me gusta ese momento, esa música). Cada vez que mantenemos una conversación inteligente, estamos haciendo más densa esa red (ese ovillo) que nos separa y nos protege de absolutismos, de las dictaduras, los integrismos, la estulticia. Del mal.

Hay una escena de la película “Cadena perpetua” (“The Shawshank Redemption”, en su título original) que representa perfectamente cuánto vengo queriendo explicar. En ella, el protagonista interpretado por Tim Robbins, que es un convicto condenado a una doble cadena perpetua (sin esperanza alguna de salir de la prisión. Jamás) y que ha conseguido cierto estatus y privilegios por parte del corrupto director del penal (a quien lleva los libros de contabilidad de sus turbios negocios), se encuentra solo en las oficinas cuando recibe un paquete postal. Al abrirlo, encuentra una serie de vinilos. De música clásica. Y entonces comete lo que parece una locura. Cierra la puerta con el pestillo, coloca uno de los discos en el tocadiscos y conecta el sistema de altavoces de la prisión. Por donde habitualmente suena la voz del alcaide, suenan las primeras notas del dúo Canzonetta sull’aira, de “Las bodas de Fígaro”. Y el preso de por vida se sienta en un sillón, echa las manos a la nuca y pone los pies sobre una mesa. Y sonríe. Aunque en la puerta ya suenan los golpes de los guardias. Aunque sabe que va a perder sus privilegios, que lo van a golpear, que lo hundirán. Sonríe porque en ese momento vuelve a ser él. El que fue y el que los otros (los feos) quieren que deje de ser. Y sabe que seguirá siéndolo. A pesar de los feos, a pesar de todo, mientras esas notas le sigan emocionando. Mientras pueda rememorarlas. Mientras pueda refugiarse en ellas. Son su dignidad. Yo me emociono siempre con esa escena (y yo no me emociono nunca con películas).

Ése es el espíritu de revuelta, de resistencia, que otorgo al arte, a la belleza.

Aunque esté condenado a sucumbir.

El dieciocho de julio de 1936, Pau Casals ultimaba en Barcelona los preparativos para la representación de la Novena Sinfonía de Beethoven, que debía ofrecer su orquesta esa noche, cuando le llegó una nota del Ministro de Cultura, su amigo Ventura Gassol, en el que le anunciaba un levantamiento militar y que se esperaban graves enfrentamientos en aquella ciudad, por lo que recomendaba que se cancelara. Casals reunió a la orquesta y el coro y les leyó la nota. Acto seguido, preguntó si preferían irse inmediatamente o interpretar el cuarto movimiento de la sinfonía, a modo de despedida. Todos optaron por quedarse. En una sala vacía resonaron las notas de Beethoven. Casals, que dirigía, comenzó a llorar cuando oyó al coro entonar las palabras de Schiller. “…Alle Menschen werden Brüder…” Todos los hombres son hermanos. Fuera, en la calle, sonaban los primeros disparos.

Aunque parezca que esté condenado a sucumbir.

Siempre habrá quien recoja la batuta. Quien no permita que le hagan callar. Y, en eso, creo.

viernes, 3 de octubre de 2008

¿Es aquello luz?

En ocasiones, el laberinto tiende a irse estrechando, a abombar las paredes de los pasillos. Hasta que se tocan sobre nuestras cabezas. Tapan la luz. Y se convierte en un túnel. O un tubo. En ocasiones no queda otra que pasar por él.

El túnel o tubo puede ser más o menos angosto, más o menos largo, sinuoso, en cuesta o en más en cuesta. Y casi siempre obscuro. Todo depende del material de su fábrica. Muchos hay y de muchas clases. Pero los peores, sin lugar a dudas, son los administrativos.

Mimianna y yo no tuvimos más remedio que adentrarnos en uno de ellos. De lo más administrativo. Hace siete meses. Casi exactos (unos días más, pero qué importa, ahora, ya). Hace siete meses presentamos un grueso legajo de planos y memorias y escritos y justificantes y pólizas e ingresos. Inmediatamente las paredes se abombaron, chocaron sobre nuestras cabezas, el piso se inclinó (hacia arriba) y nuestros ojos se sumieron en la más inextricable obscuridad.

Y a caminar, no obstante. Primero con cierto tiento, con tranquilidad, que suponíamos una cierta longitud al trayecto. Luego con alguna prisa más. Hasta el primer tropiezo (nada, unos papeles que faltaban), y el segundo (nada, unas obras públicas y faraónicas que nos interferían), y los subsiguientes (nada, las vacaciones del funcionario; nada, un trozo de muralla que hemos encontrado; nada, un informe que nos falta del Departamento-de-al-lado; nada, que dicen que no; nada, que se habían equivocado, que sí; nada, que casi, pero falta que paguen otra tasa; nada, solo que firme otro funcionario). Y todo a obscuras. Y lento y farragoso. E inepto. Y vago (de falta de ganas de trabajar). Las nuevas tecnologías han permitido pasar del vuelva usted mañana de Larra, al llame usted la semana que viene.

Pero los tubos y los túneles también tienen otra cualidad. Son finitos. Por muy largos y farragosos que lleguen a ser, se acaban. En algún momento.

Hoy la autoridad nos ha entregado un papel con sellos y timbres, mediante el cual nos permite acondicionar la que será nuestra casa, conforme a nuestros proyectos.

Solo nos quedan las obras.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Sine die

No es cierto, no somos los herederos de todo ese tiempo que hemos vivido. No son los pesados años pasados, los ingentes acontecimientos, los que nos hacen despertarnos de la manera que nos despertamos, desbrozar este camino y no otro, sonreír cuando va a llover. Ni siquiera los grandes momentos perduran necesariamente porque ¿Cómo saber? No: es otra la materia que conforma lo que somos, nuestra memoria. Otros los pequeños guijarros del sendero, recuerdos olvidados que duermen en el interior de nuestros párpados: un reflejo apenas adivinado en el horizonte, el sabor de una noche, la suavidad de un pétalo o aquella vez que me acariciaste la nuca. Tales son los elementos de nuestro universo. Seamos, por tanto, indulgentes si alguna vez olvidamos una fecha, porque nuestro amor quizá se asienta en realidad sobre la firme base de nuestras miradas. Y, créeme, ésa es una garantía.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Uno de esos errores que tanto cuentan

La tradición cuenta que, en el siglo XVII, un monje benedictino llamado Dom Perignon, utilizó por error un vino endulzado con azúcar –aqua mulsum- para realizar el habitual coupage de los caldos de su abadía, en el intento anual de elevar de alguna manera su calidad más bien pobre. Este azúcar adicional provocó una segunda fermentación en la botella y la aparición de anhídrido carbónico, que se disolvió en el líquido. Cuando los monjes intentaron descorchar aquellas botellas hallaron que los tapones salían disparados y el vino se derramaba convertido en espuma. Y su sabor era distinto, mucho mejor que el de antes. Había nacido el champán. Por error.

El error es consustancial a la naturaleza humana (como el pecado, según la vieja escolástica: qué poca diferencia hay entre el pecare humanum est y el errare humanum est agustinianos). De hecho, la infalibilidad es uno de los atributos (diferenciadores) de la divinidad. Toda actividad, todo pensamiento, proyecto humano está sometido al peligro del error, al del fallo. Es sabido.

Todos nos hemos equivocado alguna vez. En nuestras apreciaciones, en nuestras creencias o en nuestras predicciones. Incluso en nuestros actos. Habitualmente convivimos con la posibilidad del error de una manera razonablemente civilizada. Excepto en casos extremos (y patológicos, por tanto) aceptamos la existencia de un cierto margen de error en nuestra cotidianeidad. No nos parece importante si la dirección que buscamos está en la segunda bocacalle y no en la primera, como creíamos. No lo es si esperábamos tener tiempo para leer el diario y, finalmente, no contamos con ese tiempo. Tampoco si creíamos que Dom Perignon fue el inventor (por error) del champán y, cuando investigamos, descubrimos que no fue así.

Hay ocasiones, empero, en que el peso del error (o de su posibilidad) se nos hace casi insoportable. Cuando debemos adoptar una decisión que sabemos que condicionará el resto de nuestra vida (o buena parte de ella), por ejemplo. Es entonces cuando, en un intento desesperado por minimizar las probabilidades de equivocarnos, atesoramos el máximo de información posible, solicitamos consejos y pareceres, sopesamos pros y contras obsesivamente. Hasta que, al final de todo, llega el momento de tomar una decisión.

La edad enseña (también) que en ese momento no se deben olvidar dos cuestiones. A saber: que es imposible controlar todas la variables del problema (y, por tanto, la posibilidad del error sigue ahí) y que ninguna decisión es realmente para toda la vida (o no lo son necesariamente las que consideramos trascendentales a priori y sí quizás una cotidiana sin importancia aparente (ir a tal comida campestre o no)).

Hace diez años afronté una de esas decisiones trascendentales. Busqué información. Recibí consejos. Valoré convenientes e inconvenientes. Y tomé una decisión.

Me equivoqué.

Lo que debía ser únicamente un cambio de trabajo se fue convirtiendo en mucho más que eso. Lentamente, extendiéndose como una mancha de aceite (lenta, sutil, subrepticiamente y pringosa), esa decisión acabó influyendo en relaciones familiares, en mi profesión (que dejó de ser la que había sido y que me gustaba), en la distribución de mi tiempo, en el cansancio, en el hastío, la claustrofobia, la tristeza. Y en Mimianna. Y en Nenna, después. Para mal.

Hace un año, por estas fechas, después de todo un verano desasosegado de zozobras, de conversaciones airadas o desanimadas, Mimianna y yo nos dirigimos a un antiguo pueblo de piedras antiguas, escenario de otros conciliábulos en el pasado. Nada nos dijimos, pero sabíamos qué nos convocaba a aquel paseo entre las ruinas de la civilización y el mar que la había traído, bajo pinos centenarios. Debíamos tomar una decisión. Trascendente. Nuestra realidad se había tornado insoportable y debíamos cambiarla en un sentido u otro. En cualquier caso, debíamos romper con lo que había sido hasta ese momento nuestra vida. Aprovechamos la siesta de Nenna en su cochecito para recorrer arriba y abajo la larga senda costera, una y otra vez. Casi una escenificación de las idas y venidas de nuestras consideraciones. Y, con el sol ya bajo, tomamos una decisión.

Desde entonces, hemos cerrado la que fue nuestra casa y hemos abandonado la que fue nuestra ciudad (amábamos a ambas), vivimos en una provisionalidad incómoda, sufriremos un cierto quebranto económico, revisitamos fantasmas (malos) del pasado…

¿Nos hemos equivocado?

No lo sé. Pero ahora Mimianna y yo nos vemos en horas de vigilia, puedo contarle cuentos a Nenna cada noche y acompañarla, en ocasiones, al colegio (¡de grandes, ya!), ilusionarme con el proyecto de la nueva casa, continuar paseando junto a un mar antiguo…

¿Nos hemos equivocado?

No lo sé, pero la sonrisa de Nenna, su felicidad, me dice que, quizás en esta ocasión, eludimos el error. O eso espero.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Maritere

Hoy ya es cierto mi vaticinio. Aquella fue nuestra última reunión. Ya no podremos encontrarnos todos de nuevo. Esta tarde hemos enterrado a la hermana mayor de Ela. Teresa. La tía Maritere para nosotros. Su cuerpo murió ayer, mucho después de que el Parkinson la matara a ella.

No voy a mentir (a estas alturas), no voy a simular un gran dolor, una infinita pérdida. No sería cierto. No sería justo. A la tía Maritere la dejé de tratar hará quizás diez años. Incluso más. Naturalmente seguía existiendo en las conversaciones de Ela, que nunca perdió el contacto con ella, su hermana. Se hablaban esporádicamente por teléfono. Se transmitían novedades, acontecimientos, bien directamente, bien por hermana interpuesta, la pequeña. Alguna visita rápida, un viaje corto. Más hacia los últimos años. No sé si alguna carta. Era una presencia lejana en el espacio y (cada vez más) en el tiempo. Pero, cada tanto, me llegaban noticias de ella, de su marido (mi tío, el pintor), de sus hijos.

Su hija y su hijo, mis primos, de mi edad (quince días separan las fechas de nacimiento de él y la mía) fueron los que hicieron, en realidad, que la tía Maritere fuese algo más que otro de los personajes legendarios de la familia. Fue esa costumbre gregaria y estival de reunirnos a todos los primos lo que la convirtieron en una persona real de mi infancia. En un recuerdo. En parte de mí.

Pero hacía ya diez años que no la había visto, ni conversado con ella. No era, por tanto, una presencia en mi cotidianeidad. Ni tan solo en mis recuerdos, en muchas ocasiones. No individualmente, acaso en grupo. Su muerte no añade (no debería añadir) nada a su ausencia ya consumada. Y, sin embargo, no es así. No lo siento así. Su muerte la ha cambiado. Porque ahora (ahora sí) ya no está, ni estará nunca más. Ahora ha desaparecido.

Javier Marías ha reparado en nuestra aversión a las desapariciones, aún de personas o paisajes detestables pero que han estado ahí desde que se tiene memoria. Eso también nos ocurre, afirma, con personas que no conocimos, pero admiramos (“muertos lejanos” les llama) que “su falta nos hace sentirnos más solos y desprotegidos”. (Cortázar, más grandilocuente en este caso mantiene que “cuando muere una figura de juventud también morimos nosotros. Un poco”). Peor es, por supuesto, la muerte de aquellos que conocimos, que nos fueron queridos. Marías (de nuevo) llega a sostener que “la vida, en buena medida es ir sufriendo bajas a nuestro alrededor, y en desconcertarse y apenarse un rato, para luego reemprender la marcha con los benditos que nos van quedando, y que aún están”.

De ahí, quizás, esta pequeña tristeza con la que escribo ahora. Pero íntima. Pero honda. La tía Maritere ha muerto y, en esta época de rememoraciones en la que vengo sumergiéndome, su falta me es doblemente penosa. No sólo pierdo (o se me hace patente su pérdida) un referente de mi infancia, también me pesa la consciencia de que con su muerte (como con la muerte de todos) desaparece todo su pasado, su experiencia, su mundo.

¿Qué nos queda?

La descripción de su carácter, adelantado a su época (la tía nació treinta años antes de lo que le tocaba, siempre he oído decir), que la hizo fumar (para escándalo de la bisabuela Victoria) y doctorarse en Historia y Literatura, con una tesis sobre la Generación del 27, en los últimos cincuenta del siglo pasado (para mayor escándalo de la bisabuela Victoria, tal vez). En una época terriblemente pacata, chata, ignorante; en una sociedad inimaginablemente (para mis coetáneos y más jóvenes) abstrusa y represiva y claustrofóbica, especialmente para una mujer inteligente, ella supo mantener su criterio, imponer su conducta, ser consecuente con su inteligencia. Arrostró, por ello, no pocas incomprensiones. También pagó por ello el precio de algún fracaso, de alguna pérdida, de alguna derrota.

Quedarán anécdotas. Como la del novio que se mercó durante su estancia estudiantil en Roma y que trajo un verano para que lo conocieran mis abuelos y que, cuando se le pidió que hiciera un nudo (a su servilleta, como es costumbre en mi familia, para diferenciarlas), sólo atinó a preguntar estupefacto: “ma… Qui?.. Adesso?” porque creyó que le pedían un desnudo ante la familia política como trámite para su aprobación como futuro yerno.

Pero la que más me gusta, porque mejor la retrata (aunque sea apócrifa y casi segura su falsedad) es la ocasión en que, siendo directora de un instituto de ultramar, consiguió que María Zambrano, ya octogenaria y a quien había conocido mucho antes en Italia, acudiera para dar una conferencia. Ante la importancia del personaje, los poderes fácticos del centro organizaron una merienda con zumos y bollitos. Afortunadamente, mi tía conocía las costumbres de la escritora y se presentó pertrechada con una buena petaca de buena ginebra. Cuando se llegó a ofrecérsela, en vaso largo y con hielo, la Zambrano clavó sus ojos en los de ella y le espetó “¡Menos mal que hasta en África hay gente civilizada”, justo antes de echárselo al coleto. Ésa, no cabe duda, es una de las frases que toda familia atesora.

Me quedarán los recuerdos. La forma en que conducía. Aquel día que mis primos y yo volvimos a nacer varias veces en un trayecto de apenas diez kilómetros, en los que nos esquivaron (milagrosamente) dos camiones, un tractor, tres peatones y un barranco, los cuales pasaron absolutamente desapercibidos a mi tía.

Y la “Odisea” y la “Iliada” (y su lectura), que me regaló. Y “La casa de Bernarda Alba”. Y el nombre de Miguel Hernández y la declamación (la primera en mi vida) de las “Nanas de la cebolla”.

Y los bocadillos de fuagrás con los que se empeñó en cebarme un largísimo y antiquísimo verano.

Nos ha dejado varios libros de arte y poemas. Y uno último inédito de aforismos, de pensamientos, de dudas, de miedos. Justo antes de perderlos todos (o mientras iban perdiéndose en la enfermedad.

La última vez que la vi, esa enfermedad ya hacía estragos en su físico, no todavía en ella. No pude dedicarle el tiempo que seguro merecía, pues fue un día de múltiples obligaciones con múltiples familiares. De todas formas, no será esa la persona que recordaré, que mencionaré, cuando en adelante hable de la tía Maritere, sino la más joven, la de mi infancia, la que amaba a las palabras, la cultura, el conocimiento, el arte, la del carácter jocoso y rudo, la que me brindó (sin proponérselo jamás) un modelo a seguir.

Recordaré, añoraré, a mi salvajemente civilizada tía Teresa.

viernes, 22 de agosto de 2008

Vagalume. (cuento para Nenna)

Cuentan que cuentan que lejos, muy lejos, existe un país en el que los pasillos están sombreados por altos árboles, las plazas son prados de un verde profundo, quietas nubes grises son el techo y las ventanas se abren al océano de pizarra donde se hunde el sol cuando acaba el día.

No se conoce el camino a ese país. No existen planos. Ni los viajeros más avezados han sabido encontrar una ruta. No hay indicaciones, ni señales. Hay, no obstante, algunos afortunados que lo han visitado. Inesperadamente lo encontraron. Algunos después de muchos días de viaje. Otros en las páginas de un libro. En una canción. Cuando cerraron los ojos.

En ese país, pero no se sabe dónde, hay un torreón. Entre los árboles. O en medio de un prado. O sobre las nubes. Y en el torreón una estancia con un espejo redondo en el que se refleja el océano y los barcos de vela que parten. Y una dama. Joven. Vestida con un largo vestido, rojo de seda roja. Ceñido con una cinta bajo las caderas. El pelo castaño largo y recogido. Los ojos fijos en el horizonte. O en el pasado. Bajo las cejas pobladas, sobre una bacinilla de cristal azul.

Cuentan que cuentan que una niña pequeña llegó al país y al torreón y a la estancia y a la dama. “¿Cómo te llamas?”, le preguntó descarada con la mirada. “Vagalume”, le contestó una sonrisa. “Estás sola, estás triste. ¿por qué estas tan sola y tan triste?”, las cejas alzadas y un mohín. “No es cierto, no estoy sola” contestó con un lento ademán que abrazó los libros, los cuadros y el océano de la ventana. “No es cierto, no estoy triste” respondió con un beso, “tan solo recuerdo”.

La niña, que era pequeña, tomó asiento con la libertad de que gozan solo los niños pequeños. Vagalume, que era joven, aceptó lo extraordinario con la naturalidad que cultivan solo los jóvenes. Y fue pasando el día. Y Nenna (porque Nenna es la niña pequeña) vio cómo llegaron y salieron multitud de palomas mensajeras blancas del regazo de la dama. Y unas llevaban un suspiro. Un guiño otras. Un poema. Un dibujo. Y fue llegando la tarde. Y Vagalume mostró a la niña cómo cambiaba el color del océano bajo los barcos de vela. Qué bellos los árboles. Qué fina la hierba. Qué fuertes eran las nubes.

Y llegó la noche.

Y la niña pequeña tenía todo el sueño en los ojos. El cansancio en la comisura de los labios. “¿No duermes, Nenna?”, preguntó la dama con una caricia. “No me gustan los sueños”, con una lágrima, “me pierdo en los sueños”. El abrazo de Vagalume “sí, ahora estás perdida, pero yo tengo un secreto para ti, para que no te pierdas nunca más, para que no temas perderte”. Y deshizo su tocado y su frente se bañó de luz. Tenue, verde como las manzanas. “Cuando estés perdida, cuando tengas miedo, recuerda esta luz. Te ayudará a encontrar el camino de vuelta a casa y más allá. Yo te acompañaré con ella”, soplando apenas sobre los rizos de Nenna. “¿Por qué tienes tú luz?” justo antes de dormir. “Porque así fui imaginada”, arropándola con un manto de luna.

Nenna despierta en su cama. Otro mar susurra en su ventana. El cielo es azul e inmenso. Cada día una vida entera. Y cuando llega la noche, justo antes de dormirse, Nenna juega con uno de sus mechones. Mimianna me ha contado que, entonces, parece como si en la habitación naciera una tenue luz. Indefinida. Como verde clarito, manzana. Pero, claro, deben ser imaginaciones.

lunes, 18 de agosto de 2008

Cartas

El cinco de octubre de 1949, Helene Hanff dirigió su primera carta a la librería Marks & Co., de Londres, solicitando unos libros a los que no tenía acceso en Manhattan. Inició, con esa carta, una correspondencia con Frank Doel, encargado de las ventas de aquella firma, que se prolongó por el resto de la vida de éste, hasta octubre de 1969. Veinte años sin llegar a encontrarse. Íntimos, no obstante. Una selección de esas cartas dio lugar al librito “84, Charing Cross”. Siento debilidad por él. Porque habla de libros, porque sus personajes son reales y entrañables (todo un personaje la Hanff!). Porque es un libro que no sabía que iba a ser un libro. Y por las cartas.

Desde siempre se ha considerado el acto de intercambiar cartas como un arte. Con sus propias reglas. Un viejo manual de gramática victoriano exhortaba a adoptar un estilo natural y espontáneo pero no gárrulo y vulgar; evitar la sequedad y la pompa declamatoria; no aparecer ni desentendido ni efusivo; expresar emoción sin caer en el sentimentalismo; evitar, por fin, por una parte la pedantería y, por la otra, la vacuidad. Desgraciadamente, cuando las conocí ya las había mancillado. Todas.

Y es que a mí siempre me han gustado las cartas. Escribirlas y (sobre todo) recibirlas. Durante diferentes épocas, he cultivado la noble costumbre de mantener esas conversaciones que no conocen límites de tiempo y espacio. Que nos acercan a pesar de (o gracias a) la distancia y retoman el hilo suspendido, desde hace meses quizás, con la naturalidad del gesto de extender un folio. Con la intimidad más absoluta, como un susurro al oído, como una mirada inteligente.

Recuerdo la alegría de encontrar la caligrafía conocida esperándome, inesperada casi siempre, sobre el trinchante de la sala de mis padres. En la ensaladera de cristal. El sobre siempre intacto. El placer de retrasar un poco la lectura, hasta el momento adecuado. Casi siempre en la cama, antes de dormir. Casi siempre con una sonrisa.

O la deliciosa tarea de contestar (meses después quizás). Imaginar a las reacciones del otro. Cuando lea esto, cuando sepa. Cuando encuentre mi caligrafía esperándole sobre el sobre.

Con la primera persona que mantuve correspondencia fue con Abu. Yo tenía cinco años. El primer gran éxodo de mi vida. Aunque no sabía lo que era (aunque recuerdo perfectamente el momento en que se me anunció que ya era el momento, la noche antes de la partida, yo de pie entre los asientos delanteros del coche nuevo, que mañana nos íbamos, cómo lloré). Abu estuvo unos meses alejado de Ela, Cape y de mí, antes de poderse reunir con nosotros en la nueva ciudad. Venía a vernos cada tres o cuatro semanas. Ela me hacía escribirle. Abu conserva esas cartas. Contienen dibujos. Le explico qué hacemos, que estamos bien y que me porto bien y cuido a mamá. Y (sobre todo) le enumero los regalos que me gustaría que me trajera en su próxima visita. (No era culpa mía si mi referente epistolar no iba más allá de las cartas a los Reyes Magos).

Pero quien realmente fue mi corresponsal (más o menos) asidua durante diez o quince años fue Perve. Yo tengo todas sus cartas. Comenzó como un juego, casi un reto. Si yo te escribo una carta, seguro que no me contestas. No, serás tú quien rompa el hilo. No, tú. Y llegó la primera. Al principio infantiles. Sin pericia, nos explicábamos cosas del colegio, frases hechas (espero que estés bien cuando recibas ésta...). Sin darnos cuenta nos fuimos alejando de la infancia. Las cartas, más extensas, comienzan a hablar poco a poco de pequeños descubrimientos (aquel libro, esa película...), de dudas, de sentimientos. Sin premeditación, naturalmente, se convierten en una larga conversación en la que, sin reservas, vamos desbrozando la intrincada vereda de la primera pubertad. Los primeros enamoramientos (qué profundos, qué importantes, aunque fuesen efímeros). Las primeras decepciones. La frecuencia de las cartas nunca fue regular, se amontonaban después de alguna visita mutua, para irse espaciando después. Hasta la siguiente visita. Sin cálculo, sin pena, los espacios se fueron dilatando. También las visitas. No sé quién perdió el reto, pero un día dejamos de escribirnos. Ya éramos mayores.

La mayoría de edad nos separó a Ossip y a mí. Mi segundo éxodo (éste sí deseado, escogido). No recuerdo, aunque también conservo sus cartas, quién se presentó un viernes (eran los viernes cuando nos reencontrábamos, solo los viernes) con un sobre abierto y una carta dentro. Quién lo entregó aprovechando la sorpresa. Al viernes siguiente, fueron dos cartas las que se cruzaron, de mano a mano. Y así continuamos durante dos años. Los del paso de la adolescencia a la juventud. Son cartas ingeniosas e irreverentes. Cómplices. Epatantes en algún caso. Contienen nuestras obsesiones de entonces, nuestros gustos. Algún enamoramiento (por mi parte, en eso Ossip era mudo). Ezra Pound, Cortázar, Proust, Cabrera... También a nuestros amigos de entonces. Son cartas felices casi siempre. Una celebración de nuestra amistad.

Mimianna y yo nos escribimos un año eterno. Sin final. Son cartas bellas, pero tristes. Desesperadas en algún caso. Sobre todo las primeras. Un encaje de bolillos. Expresar la propia tristeza sin entristecer. Cartas de amor cuando ya no se escribían cartas de amor. Sólo hablan de ella y de mí. No de lo que nos ocurre (¿qué importaba lo que ocurría, más allá de nuestra soledad?). Las conservamos y aunque recuerdo algunas realmente hermosas, tiernas, sinceras, no las hemos vuelto a leer. Hay heridas (todas las heridas) que es estéril reabrir.

No he remedado, sin embargo, la relación que mantuvieron Helene y Frank. Yo conocía a todos mis corresponsales. De hecho, las cartas nacieron como una manera de mantener un contacto que ya existía por encima de la distancia. No me he escrito con ningún desconocido.

Hasta ahora.

Ya no espero un sobre esperándome. No hay folio que extender. No me llevo conmigo carta alguna hasta la cama. Pero sorprendo una sonrisa si en la lista de correo entrante del ordenador encuentro un encabezamiento en negrita. En determinada dirección electrónica. Continuo reservando el momento para leer estas nuevas cartas. Antes del amanecer o justo al acabar la jornada, cuando puede ser. Y extiendo la pantalla. Y encuentro a esos desconocidos que empiezo a reconocer. Y hablamos de todo un poco. De libros y música, mayormente. Y del pasado que se nos engancha. De Nenna y sus cuentos. De lo que hemos escrito (que a todos nos gusta siempre, somos amigos), de lo que hicimos ayer, del Earl Grey desteinado, de lo que nos duele en algunos casos, de lo que nos disgusta. Y de la alegría de ser joven (quien lo es) o la tristeza de ser joven (que se pasa cuando dejas de serlo).

No nos conocemos. En muchos casos no conocemos ni nuestros nombres. Corremos el riesgo, es cierto, que nos suceda como a aquel personaje de “Obabaoak” que se carteó con alguien inventado, engañado por su padre (no te fíes ni de tu padre...). Cabe la posibilidad, a qué negarlo, de que ninguno de mis nuevos corresponsales exista en realidad. No como los leo. No como los imagino. Pero, en realidad, qué importa si cuento con sus cartas.

lunes, 11 de agosto de 2008

El mundo de Sarín

“Un mundo para Julius” vino bajo el brazo de Perve uno de esos veranos en que perdíamos la cuenta y el nombre de los días, tan largas eran las vacaciones. En aquel tiempo, Ela y sus hermanas organizaban traslados colectivos de retoños y nos reunían a todos los primos bajo diferentes techos. En manada. Felices. Sin pandillas pues nosotros éramos nuestra pandilla. Uno de esos veranos, Perve me trajo el libro. “Fíjate en la escena del coche del zaguán”, con esa sonrisa de sé que lo entenderás cuando llegues y sé que sabrás porqué te la señalo. Esa sonrisa de conjurado, que tanto utilizábamos entonces cuando tantas cosas nos conjuraban.

Y así llegué (pronto, pues se halla al principio del libro, porque entonces leíamos abandonando el tiempo, por la curiosidad) al momento en que Julius, hijo de una familia limeña de posición, juega de pequeño a indios y vaqueros desde un viejo coche abandonado en un zaguán. Desde allí simula disparar a los indios (reales) del servicio y éstos caen redondos, fulminados por el juego del niño consentido. Y sonreí la sonrisa de entender, de reconocer la indicación de Perve. Bryce no lo sabía, pero había transformado una historia de la familia, no lo suficiente empero para ocultarla a nuestros ojos avisados.

Finales años veinte del siglo pasado (qué extraño se hace llamar pasado al siglo en el que transcurrió tu juventud). Un niño rubicundo y regordete (como me imaginaba a Julius), al que llamaban Sarín, juega en otro verano tórrido y eterno. Una hacienda enorme en medio de la llanura. Alejada del pueblo. Sola. Salas obscurecidas, pasillos interminables, escaleras, estancias, patios. Sarín, el nieto del amo de la casa, de las tierras. El alcalde del pueblo invisible. El patrón del servicio, casi el dueño de los gañanes. Que quiere jugar a Papa de Roma. Y entonces dos hombrones dejan sus tareas, atraviesan una silla de enea con dos palos de varear y alzan el improvisado trono con el niño sentado bien tieso. Dos camareras de negro (como todas las mujeres) detrás, contritas. Y comienza la procesión. El infante es paseado por las dependencias del servicio. Lentamente. Con la solemnidad que merece el caso. Reparte su bendición a todos aquellos que encuentra a su paso. Y los sirvientes se destocan, bajan la cabeza. Se persignan en la genuflexión las mujeres (de negro, las mujeres, con pañuelo negro, de negro). Y Sarín, pequeño como es, saborea su poder, su tiranía.

Sarín es como llamaron toda su infancia al hermano mayor de nuestras madres. Su abuelo, nuestro bisabuelo. La casona, el pueblo, las tierras el escenario de las historias antiguas de nuestra familia. La de la procesión. El escenario de algunos de nuestros propios mitos.

Porque mítica es siempre la memoria ajena, la vida de los demás. Por cercano que sea ese ser ajeno, lo que le haya sucedido más allá de nuestra propia experiencia, cae dentro del terreno de la fábula. Y en nada tiene que ver la lejanía o cercanía en el tiempo. No nos ha pasado nosotros. No ha existido realmente para nosotros. Lo creemos, claro que lo creemos. También creemos que Julio César murió el idus de marzo, que Quevedo escribió sus sonetos. Que Sarín bendecía a los sirvientes de sus abuelos es tan cierto como que Julius mataba a los de los suyos. El pasado de los demás no existe, en realidad. Aunque deje rastros: El quinqué de cristal y el espejo enorme que preside el recibidor de mis padres. El espejo enorme de marco dorado cuyo azogue ondulado distorsiona las bienvenidas y despedidas en casa de Ela y Abu, el que fue de los padres de la tatarabuela Carmen, y que reflejó la infancia de Sarín. La vida entera de otros. O el recetario con la caligrafía inglesa de la bisabuela Filomena, la redondilla de la abuela Teresa, la más moderna de Ela… La última carta del tío Jesús, guapo y calavera, a quien fusilaron los suyos en el cuarenta y que comienza “Madre, estoy en capilla. Mañana me matan…

La última vez que nos reunimos todos los tíos y primos (la que habrá sido la última vez para siempre) fue en el pueblo de nuestros antepasados, que muchos de nosotros no habíamos pisado jamás. Para vender las últimas tierras. Para formalizar el desarraigo que hacía lustros que se había producido, con la guerra y todo lo que siguió. Fue en enero. El pueblo achaparrado amaneció límpido, tras la ventisca de nieve que nos había recibido la noche anterior. La nieve fulgente acumulada en los remansos del viento. Las fachadas ocres, siena, blancas. Brillantes de escarcha los adoquines del Paseo de la Estación, el último con adoquines. Y el cielo inmenso. Índigo. Ni una nube. Y el frío quemándonos las narices y las gargantas, despreciando nuestras bufandas, riéndose de nuestros guantes, de las capas de ropa. Cumplimos la visita a la puerta de la farmacia del bisabuelo Baltasar, tapiada, pero con el portón y las vitrinas de madera todavía allí. Comimos en la venta, a medio camino de la finca, todos juntos. Tras los postres nos despedimos largamente. Haciendo votos de reencuentros en los que ninguno de nosotros creíamos. Ela nos señaló dónde había estado el caserón, tras una loma, cuando ya regresábamos solos en el coche.

El pasado de los demás no existe. Mi propio pasado no existe más que para mí. No será más que un conjunto de historias para Nenna. Un terreno mítico e irreal. Aunque deje rastros. Como este ovillo.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Vagula, blandula

Stefan Zweig escribió la biografía de Montaigne recurriendo a su memoria. En el exilio al que le había expulsado el nazismo. Sin el acceso a su biblioteca, a sus amigos, a las ciudades que habían sido su atlas. Con el mundo que había sido su mundo desaparecido para siempre. Arrasado por la barbarie. No es gratuito suponer que no eligió al autor francés por casualidad. Quizás intentó emular el retiro de aquél, su refugio en el pensamiento y la cultura y la belleza y el arte frente a una realidad abominable, inasumible. No lo logró. “Montaigne” se publicó tras el suicidio de Zweig. Inacabado.

Stefan Zweig escribió de memoria y la memoria le traicionó. Hay citas que no corresponden a las palabras de Montaigne. En ocasiones las tergiversaciones son leves. En ocasiones trastocan absolutamente el sentido de las ideas originales. Pero Stefan Zweig, ni en sus peores pesadillas, pudo prever que se vería despojado inopinadamente de sus libros, de la posibilidad de consultarlos, de su ayuda. No tenía necesidad de memorizar. Le bastaba alargar el brazo hasta el anaquel preciso para encontrar la información, el autor, la frase precisa. Le bastaba conocer sus libros, mantener su referencia. Cuando hubo de repetir las palabras perdidas sin tenerlas a la vista, no fue capaz.

No necesito imaginar su sensación de desconcierto, de desvalimiento. No lo necesito porque es la mía.

No he perdido mis libros. No pretendo equiparar el éxodo que me rodea con el exilio final de Zweig. Pero ellos, mis libros, aguardan ahora en la obscuridad de las cajas obscuras. Tan lejanos de mí como el futuro. Y, de repente, me doy cuenta que éste es otro aspecto de la pérdida. Con el que no contaba.

Y a mí también me traiciona la memoria. Mis libros son ahora una amalgama de ideas, de imágenes, que surgen claras y diferenciadas, pero borrosas a la vez. Sé que en tal libro se halla el verso que quiero citar para hablar de la felicidad, pero no recuerdo exactamente el verso. Sé que aquel personaje (que me fue entrañable, a quien quiero homenajear) pertenece a ese otro libro, pero tengo que hacer un esfuerzo para ponerle nombre (más allá del de “el mayordomo”) y no puedo decir sus palabras. En los peores casos he encontrado libros, que me han sido muy gratos, que he leído en más de una ocasión, desaparecidos y solo recordados gracias a laberintos ajenos (“Bonjour Tristesse”, ¿Cómo pude olvidar a Cécile hasta justo ese momento?). Mi biblioteca se ha tornado un espejismo de mi memoria.

Y eso me entristece. Siento nostalgia (esa nostalgia que intento domeñar, que normalmente domino) por los lomos multicolores. Por su orden (mi orden) en los estantes. Por su olor. El tacto. Su presencia. Por el pasado, tan reciente, tan acabado, en que sin mirarlos los sabía donde siempre. Sé que debería imaginar el día del reencuentro, el de la luz de los nuevos anaqueles, prefigurar el nuevo orden, ilusionarme. Pero mis libros están obscuros. Hasta entonces.

Me asemejo al joven Adso de Melk (he tenido que consultar este nombre) de “El nombre de la rosa”, recogiendo los despojos de los libros devastados, para configurar un trasunto de la biblioteca devastada. Pero los despojos con los que cuento son de una materia mucho más volátil que los pergaminos chamuscados. Adriano, el emperador, repetía una fórmula para señalar la naturaleza esquiva, equívoca del alma: animula vagula blandula (lo citan Yourcenar y Cortázar). Yo debo aplicarla dolorosamente a la memoria, aquello que siempre he considerado que nos conforma.

miércoles, 30 de julio de 2008

Requiem. Contra la melancolía (2)

Yo dejé de ser joven el jueves 31 de marzo de 1988, cerca de las diez de la noche. Fue en ese momento que comprendí que algún día moriré.

Naturalmente, sabía desde mucho antes que todo el mundo ha de morir tarde o temprano. Pero en mi caso contemplaba tal evento solo como una posibilidad teórica, remota, casi quimérica: a la juventud le es inherente la idea de la propia indestructibilidad. En ese instante, como digo, me di cuenta de que la muerte –mi muerte-, en realidad era una certeza. Algún día dejaría –dejaré- inexorablemente de existir.

Nada tuvo que ver que aquellos días estuviera en la doliente cama de un hospital (no era nada nuevo ni traumático para mí). No fue tampoco la lectura de una profunda frase de cualquier místico castellano la que provocó esa epifanía. Ni el acaecimiento de desgracia alguna. De hecho, he de confesar que el heraldo de la verdad no fue otro que Bruce Willis, quien, desde la pequeña pantalla del televisor hospitalario, dio una réplica manida a Cybill Shepherd en una no menos manida serie americana. No pretendo recordar exactamente las palabras. Recuerdo perfectamente su efecto.

Fue como un golpe en las costillas. Sentí un ahogo físico. Un instante de incredulidad. Un sentimiento de estafa. Sorprendí a mis ojos buscando una salida, como si hubiera caído en una trampa. Y, casi inmediatamente, esa desagradable sensación: un miedo desconocido hasta entonces. Íntimo, suave, latente.

No lo supe, pero aquel jueves inicié mi particular camino contra la melancolía.

Recién nacido, aquel miedo habría de acompañarme durante largo tiempo. La primera etapa. Agazapado tras cualquier referencia a la caducidad, se lanzaba como un escalofrío que me apuraba a desviar el pensamiento, a negar, a olvidar. A decirme sí, pero no todavía, no ahora. Un inacabable y estéril juego de fintas. No quería saber que moriré, consciente de la inutilidad de mi deseo. No quería acordarme. Me desagradaba cualquier manifestación en torno a la muerte en general, porque prefiguraba la mía propia, concreta.

Y yo no quería morir. Nunca.

Me desagradaban, por ejemplo, las Cantigas de Manrique, las Elegías de García Lorca, de Machado o Hernández. Lecturas, todas ellas, que hasta entonces me habían acompañado e incluso consolado (pero solo cuando la muerte era algo ajeno, que pasaba a los otros). Me parecía obsceno ése regodeo en el dolor. Igual me sucedía, o peor, con las misas de Requiem que, hasta aquel momento, había escuchado con deleite. Algunas hasta la saciedad, como la de Mozart. No soportaba el alarde orquestal de la de Verdi su grandilocuencia hueca. Me desquiciaba la aparente (falsa a mis oídos) calma de las misas de difuntos gregorianas.

Fue el rostro de Ophelia flotando leve, ya inútilmente, sobre las aguas del cuadro de Millais el último que me provocó aquella aversión atávica. Era la imagen que ilustraba el disco con el Requiem de Fauré, que me entregó MG (conocida en toda la familia por sus extravagancias a la hora de elegir regalos), por mi cumpleaños. Un cuarto de siglo no se cumple cada día… Me prometí enterrarlo entre los vinilos de recopilaciones veraniegas (años 70) que acumulaban polvo en la discoteca de mis padres.

No sé porque no lo hice. Todavía no entiendo qué me movió a obedecer el consejo de MG. Fíjate en el Pie Iesu. Quizás fue Ophelia. Por no acrecentar la mayor injusticia que cometió Shakespeare. Por no abandonarla en las frías aguas (qué frías parecen, tan quietas, tan transparentes). Unos días después, a solas, dirigí la aguja directamente a la sombra de los surcos del fragmento. Y sonó. La voz límpida sobre un acompañamiento apenas audible de la orquesta. No dolorida. No exacerbada. Lenta, suave. Esperé el latigazo del miedo. No llegó. Mientras, Ophelia pedía descanso.

Descanso.

La muerte como final de todo. Absolutamente. De la propia consciencia. Del mundo. De todo. Nada que temer del descanso. Nada que temer. Una vez llegue, no sabré que ha llegado. No sabré nada. Todo me será ajeno. Hasta el dolor que pueda dejar mi partida. No conoceré ni siquiera el miedo.

Y el miedo a mi propia muerte desapareció.

No anhelo su llegada. Sigo sin querer morir. Pero cuando la muerte llegue quizás me encuentre triste por lo que dejo, por lo que no haré, por morir. Pero no con miedo.

Como siempre, algún tiempo después, descubrí que Borges ya lo había dicho (mejor) en su

“Tríada

El alivio que habrá sentido César en la batalla de Farsalia, al pensar: Hoy es la batalla.
El alivio que habrá sentido Carlos Primero al ver el alba en el cristal y pensar: Hoy es el día del patíbulo, del coraje y del hacha.
El alivio que tú y yo sentiremos en el instante que precede a la muerte, cuando la suerte nos desate de la triste costumbre de ser alguien y del peso del universo.”


de “Los Conjurados”, el último libro que publicó antes de morir.

jueves, 24 de julio de 2008

Éstas mis noches

Hay noches en las que Nenna no quiere dormir. Y ése es el verbo, pues es su voluntad (férrea) la que interviene. No importa lo largo y activo que haya sido su día eterno y frenético. No importa lo agotada que llegue a estar. Hay noches que Nenna decide que no quiere dormir. Habitualmente, además, son noches en las que a Mimianna y a mí nos interesa especialmente que se duerma. Aunque solo sea por nuestro propio agotamiento, por acabar nuestro propio día frenético y eterno. Y entonces pide el cuento del pajarito azul obscuro. Y luego agua. Y después el cuento de los pantalones de Peter. Y nos explica que está muy mal decir palabrotas. Canta la canción de la tortuga. Se destapa si queremos que se tape, cambia los pies por la cabeza, tira la almohada, la reclama, pide luz o que cerremos la puerta. Cada maniobra medida en su justo momento, de la duración e intensidad adecuadas para bordear, pero no acabar de rebasar, el límite de nuestra paciencia. Y entonces solo nos queda eso. La paciencia. Sorprende la cantidad de paciencia que puede llegar a atesorar el ser humano si se somete a un entrenamiento adecuado.

Hay noches en que Nenna no puede dormir. Porque le pica el calor. Porque ha soñado con el delfín blanco que no podía nadar y caminaba y tornaba todo blanco y le daba miedo. Porque celebraciones vecinales inundan su habitación de ruidos. O porque tanto es su sueño que le es imposible de conciliar. Y entonces nos toca susurrarle palabras de paz. Mesarle los cabellos muy suavemente. Soplar su nuca.

Las noches de Nenna provocan largas y sesudas consideraciones entre Mimianna y yo. Que si no debemos dejar que llore. Que si debemos dejar que llore. Que si deberíamos aplicar tal método. No, el otro. Que si provocaremos una excesiva dependencia. Que si una neurosis. Y, finalmente, nos queda la sensación de que, definitivamente, no lo estamos haciendo bien.

Y hay noches, como esta noche. “¡Nadna!”, un hilo de voz tranquila atravesando el pasillo. Quedo. Justo lo suficiente para despertarme. Para guiarme entre golpes por la obscuridad todavía desconocida. Hasta su cama. Y un “Abrázame, Nadna” suave, feliz. Porque en esas noches, Nenna quiere y puede dormir, pero sabiéndose querida y haciéndome saber que me quiere. Y se acurruca en mi regazo. Mi mano desproporcionada entre las suyas. Dormida casi de inmediato. Con un suspiro profundo. Y la sé lindísima, con los mechones de cabello rizado desparramados por la almohada. Su nariz atrevida alzada frente al mundo. Los ojos increíbles (los ojos de Mimianna) bajo los párpados sellados por las largas pestañas. La elegancia de sus piernas espigadas.

Y entonces soy yo quien suspira. Profundamente. Y nada importa más que ese momento. Ni el despertador inminente. Ni los métodos, ni las paciencias. Porque sé que, al final de cuentas, nos queremos. Y eso, me parece, asegura que lo estamos haciendo bien.

viernes, 18 de julio de 2008

La canción de Sabine

Harold Bloom mantiene que todo está en Shakespeare. Yo sé que todo está en Bach. Él necesita setecientas treinta y cuatro densas páginas para intentar demostrar la veracidad de su opinión. A mí me basta mi propia arbitrariedad. Y la experiencia.

Ya Michael Maier, en su libro (apasionado de magias y arcanos), “La fuga de Atalanta”, recogió la opinión antigua y pacífica de que la música es, de entre todas las artes humanas, el receptáculo ideal del alma y el vehículo más adecuado para transmitir y moldear sus distintos estados. La música, que es invisible e inaprensible, casa perfectamente con la naturaleza del alma y, por ello, no la importuna ni la violenta. No ocurre lo mismo con otras disciplinas: la pintura, la escultura e, incluso, la literatura exigen del individuo un esfuerzo de comprensión de traducción, que acaba contaminándolo.

Yo, en gran medida, estoy de acuerdo con el viejo alquimista. He leído mucho y muy importantes y presentes me son los libros. Recuerdo cuadros que me han conmovido por su belleza. Puedo repetir diálogos de alguna película. Pero ningún libro (¡ningún libro!), cuadro o película han logrado jamás inculcarse en mis vivencias como lo han hecho algunas músicas. Si releo “Rayuela” (¡Rayuela!) recuerdo la imagen que tengo de mí con dieciséis años. De una manera intelectual. Ajena, casi. El libro lo conocí (profundamente, ubicuamente) entonces, pero no me reencarna en aquel entonces.

Sin embargo, no importa el tiempo que haya transcurrido desde la última vez que escuchamos aquella pieza escogida (o quizás sí importa: mejor si hace mucho que la dejamos de escuchar), las primeras notas nos llevaran a aquella época en que, aunque no lo supiéramos, aquella música fue importante para nosotros. Nos hará revivir, de una manera mucho más íntima, emocional, sincera, nuestro estado de ánimo, nuestra forma de ser, la que era nuestra vida en aquel pasado.

Mi infancia está en las notas del Aria de las Variaciones; una adolescencia en el oboe del Concierto de Albinoni; un amigo perdido en el “Sposa son disprezzata”, de Vivaldi, de Caballé; la última juventud en la tercera nota del bocca chiusa de la Bachiana número 5, de Villalobos, tal y como me la descubrió Fleming.

Se dice que el olfato es el sentido que más vinculado parece estar con la memoria. De igual manera, es la música el arte que contiene la memoria.

Habitualmente es casi imposible saber cuál será la música que vestirá nuestro presente cuando sea recuerdo. Los caminos de la memoria son inescrutables. Eso es lo normal. Sin embargo, en ocasiones el futuro es previsible.

Como ahora que Nenna ha adoptado una canción como propia. Hasta le ha dado nombre: “La canción de Sabine”. Porque Sabine se llamaba la soprano a quién escuchó cantarla por primera vez. Porque se la cantó mirándole a los ojos. Porque es un nombre con poesía. Por azar, “La canción de Sabine” figura entre otras piezas que recopiló Victoria de los Ángeles en un compacto y fue Nenna quién la descubrió en el reproductor del coche pocos días después. Con gran alegría por su parte. Con asombro por la nuestra. Fue pocas semanas antes de nuestra partida. Desde entonces nos acompaña obsesivamente. Cada vez que nos ponemos en marcha nos extorsiona (como sólo los niños pequeños saben hacerlo) para que suene la canción. Una y otra vez.

Ignoro si finalmente ésta será la música de su infancia o lo será la melodía de una serie de dibujos animados, pero sé que dentro de veinte años (si se da ése tiempo, si se cumplen todos los si) rememoraré estos días que rodean mis cuarenta cuando oiga deslizarse su primera cadencia. No es descabellado que este tiempo de zozobra e incomodidad se vista de las dulces notas de una aria pastoral, sencilla y elegante.

Hace doscientos noventa años Haendel compuso y estreno para el Duque de Chandos la mascarada “Acis and Galatea” e incluyó en ella la deliciosa aria de soprano “As when the dove”. No lo podía saber, pero, a la vez, engarzó las notas de lo que, doscientos noventa años después, sería para Nenna y para mí nuestra “Canción de Sabine”.

domingo, 13 de julio de 2008

Happy birthday

“Estas son las mañanitas,
Que cantaba el rey David.
Hoy, por ser el día de tu santo,
Te las cantamos a ti.
Despierta, mi bien,
despierta. Mira,
que ya amaneció,
ya los pajaritos cantan,
la luna ya se meció.”


Flojito al oído justo al despertar. A Mimianna no le gusta. Nenna rompió a llorar cuando se lo canté el otro día (pero podría ser culpa de mis dotes musicales). Un desastre de tradición esta de remedar a Nat King Cole para despertar a tus seres queridos el día de su cumpleaños. Quizás no sea la mejor de las piezas para expresarles la alegría que siento de que nacieran, de que me acompañen por estos pasillos. Seguro que oculta, más que contiene, toda la ternura que siento. No me cabe duda de que existen miles de piezas más bellas y mejores para desearles felicidad ese día-gozne entre edades.

Pero a mí siempre me han cantado esta.

Y la mañana se me hace linda cuando vamos a saludarlos y estamos tan contentos de felicitarlos. E imagino que es ése el día en que nacen todas las flores y los ruiseñores (ay, los ruiseñores) cantan en el bautizo. Y cuando lo murmuro, flojito al oído justo al despertar, no se me ocurre mejor manera de decirles que les quiero.

Así que, Ossip, te guste o no, date por cantado.

viernes, 11 de julio de 2008

Dolce far niente

En mi infancia nunca supe hacer el muerto en el mar. Por más que lo intentaba, me era absolutamente imposible mantenerme horizontal, inmóvil sobre la superficie del agua. Ni en los días de calma absoluta. Me asombraba la facilidad con la que Ela echaba la cabeza atrás, se impulsaba suavemente con las caderas, abría los brazos en cruz y hacía emerger los dedos de los pies (con nuestro famoso meñique de familia). Indefectiblemente, la maniobra concluía con Ela buscándome con la mirada y sonriéndome divertida. Justo antes de cerrar los ojos al cielo. Justo antes de transformar la sonrisa, de suavizarla, de dedicársela a sí misma. Y entonces, para mi mayor pasmo, podía permanecer en esa postura todo el tiempo que quisiera.

Yo lo intentaba con una tozudez digna de mejor causa, pero mis pies se negaban a permanecer cerca de la superficie, los brazos parecían tener voluntad propia (y rebelde) y las olas se empeñaban en cubrir rítmica y metódicamente mi cara. Con la edad aprendí pequeños trucos: mover un poco los brazos, alguna pequeña patada para recuperar la horizontal, respirar sólo cuando parecía seguro que no vendría una ola traidora. Pero en nada se parecía mi batalla a la ondulante inmovilidad de Ela, al abandono de su postura, a su evidente comodidad.

Hacer el muerto era una de esas asignaturas pendientes que por nimias y públicas más me injuriaban. Era un agravio íntimo, personal e intransferible. No me consolaba que Ela nunca hubiera aprendido a ir en bicicleta, como ella se encargaba de recordarme cada vez que surgía la cuestión, en un intento tan loable como inútil de consolarme. Mi disgusto iba dirigido a mi propia torpeza no a la de ella.

Luego pasaron los años y aprendí otras muchas cosas y, poco a poco, domeñé la frustración infantil. Apenas una anécdota. Y crecí y, casi sin darme cuenta, fui acumulando obligaciones, tareas pendientes, preocupaciones. Como todos. Y perdí los veranos infinitos en los que los días no tenían nombre ni número, tantos eran los de vacaciones…

Muchos años después Mimianna y yo buscamos refugio en una isla antigua en un mar antiguo. Eran días de atribulaciones. Iniciamos el viaje abrumados por el peso de aquella nuestra cotidianidad de entonces. La misma que sabíamos que nos esperaba a la vuelta de muy pocos días. Establecimos un pacto tácito de silencio, de crear un paréntesis ajeno a la vorágine que nos rodeaba, pero cada cual llevaba su propio bagaje de preocupaciones. Otro pacto suscribimos: buscar lugares recónditos, alejarnos de los circuitos marcados. Conocer otra isla en la isla que todos conocían. Y lo cumplimos.

A los pies del acantilado oculto por el bosque y los engaños de los lugareños, una playa de guijarros ovillada en una pequeña cala redonda. Desierta. Nos miramos y nos convencimos mutuamente en silencio. Cargamos la mínima impedimenta con la que contábamos y nos dispusimos a tomar el escarpado camino de cabras que conducía al mar. El sol nos golpeó contra la pared calcárea. El descenso medroso fue arduo y lento. Finalmente llegamos a nuestro destino. El mar transparente cosquilleaba las piedras lucientes. Sobre nuestras cabezas la lejana corona de roca, el verde profundo de los árboles y el más vasto de los cielos. Nada tardamos en desnudarnos y zambullirnos en el agua helada y acogedora. Pero Mimianna pronto buscó el calor del sol y se tumbó en una gran roca. Yo inicié unas brazadas de espaldas. Lentas. Placenteras.

Quizás el cansancio del descenso. Quizás una sensación extraña (y si ahora… después de tanto). Dejé de nadar. La inercia no fue suficiente para hacerme avanzar mucho más. Los brazos se separaron de mi cuerpo. En mis oídos la cadencia de mi propia respiración, la de los guijarros arrastrados por las olas. Luego el calor en la cara. El acre aroma de los pinos y la sal tirando de la piel. Y ése era el secreto: no hacer nada. Dejarse ir, abandonarse. Sorprendí una sonrisa en mis labios (aquella sonrisa). No necesité abrir los ojos para saber que estaba haciendo el muerto.

No hacer nada. No tener que hacer nada. Ninguna obligación. Apenas respirar. Disfrutar de una manera puramente sensual. Detenerme en ese punto mientras lo deseara, sin que nada me esperase después. Sin esperar nada después. O tal vez sólo Mimianna salada y adormecida bajo el sol.

Alguien definió el paraíso como un lugar sin gente. Yo creo que el paraíso puede ser algo muy parecido a un verdadero dolce far niente.

sábado, 5 de julio de 2008

El caso del verso soñado

Hace siete noches soñé con la que fue mi casa. No hubo otra sorpresa que la tardanza del cumplimiento de la cita. Era, lógicamente, un sueño esperado. Tampoco su anécdota sobresalió por la originalidad: simplemente vivía en mi casa. El pasillo dorado en la luz del mediodía; las ondas de la cortina de mi habitación urdiendo lentos juegos estroboscópicos con el campanario enmarcado en el balcón; la mesa redonda de caoba de la sala; los libros de la biblioteca, sobre la cómoda antigua, sobre el pequeño óleo del liquen; la música elegida. Ninguna extravagancia onírica. Tal vez el simple hecho de que vivía en mi casa. Tal vez las palabras que estudiaba con fervor casi hermenéutico.

No soy amante de los sueños. No creo que sean la puerta hacia otra vida o que tengan propiedades premonitorias. No les concedo ningún valor filosófico ni estético. Los sueños, conmigo, desaparecen con las legañas y la pasta dentífrica de la mañana (Cortázar lo expresa mucho mejor, pero no puedo acceder a ese libro). Los sueños no son uno de mis temas recurrentes. Por eso me sorprendió seguir recordando, ya con el primer café de la mañana, las palabras que me habían ocupado mientras dormía. Me equivoqué y, justo antes de volver a dormirme tras todo el día, volví a recordarlas. No sé qué soñé la siguiente noche, ni las posteriores. Quizás no volví a soñar, puesto que parte de un sueño se ha enquistado en mi vigilia, puesto que sigo recordándolas. Textualmente. Decían “Nada nos dice adiós. Nada nos deja.” (aunque no debería entrecomillarlas, porque no son una cita).

Poco a poco, en estos días, estas palabras se han ido convirtiendo en una cierta obsesión incomoda para mí. No puedo evitar que se me aparezcan entremezcladas en mis otros pensamientos, que surjan espontáneas y extemporáneas, nítidas, diferenciadas. Me molesta su origen onírico, su aparente autonomía respecto a mi voluntad.

Me perturba, también, su significado en el escenario del sueño en que fueron creadas. Esas habitaciones ya no existen. No, al menos, como las soñé. No como eran. Las cortinas ya no penden del cable de acero, de las paredes no restan ni las sombras de nuestros cuadros, la biblioteca está vacía o repleta de búcaros, no lo sé. Sin embargo, las frases dicen lo que dicen: nada nos abandona. Cabe la posibilidad de que, de alguna manera, su presencia en mi sueño (en ese sueño) no sea gratuita. No creo en los sueños. Sí en la memoria. ¿Debo repetir que somos pasado, el recuerdo de lo que hemos vivido, nuestra memoria? Visto así, en realidad nada nos deja ni nos dice adiós mientras se mantiene en nuestro recuerdo. No caeré en la gazmoñería: no creo que el recuerdo sea una forma de pervivencia. Desgraciadamente perdemos lo que desaparece, a quien muere. Deja de existir. La que fue mi casa no volverá a serlo jamás, aunque retornara a ella en un futuro quimérico. Todos seríamos diferentes. Pero lo que recordamos nos acompaña siempre. Lo sucedido no existe, pero no nos abandona.

Hasta que olvidamos.

E incluso más allá del olvido. Esta noche, hace una hora, he vuelto a soñar ese sueño y esas palabras. Pero esta vez mi yo soñado se ha dirigido al tercer anaquel de la izquierda y ha sacado uno de mis libros. Casi obvio. De aquél a quien obsesionaban los sueños, que amaba a Coleridge, que fue el otro y él, que ya murió, pero para mí siempre es. Me he despertado y he imitado al sueño. He buscado y abierto uno de los pocos libros que me quedan y, tras un breve repaso lo he encontrado. Lo hice en algún momento del pasado, seguro, pero no recuerdo cuándo leí por primera vez el octavo verso del poema “Para una versión del I King”, del libro “La moneda de hierro”, ni lo recordaba a él. No es necesario aclarar que dice (ahora sí en negrita, ahora sí entrecomillado):

“Nada nos dice adiós. Nada nos deja.”

Todo ello no deja de deparar un consuelo.

sábado, 28 de junio de 2008

Una gota de Yeats

Ossip tiene sus cosas. No cualesquiera. Sus aficiones, sus gustos, sus palabras y silencios, algún gesto, le han reportado un cierto aura de singularidad entre quienes lo tratan. Hay quien, en el colmo de la osadía, llega a afirmar que, simple y llanamente, Ossip es rarito.

Ossip, por ejemplo, colecciona tumbas. No cualesquiera, claro está. Sí la de sus escritores preferidos. Las va visitando siempre que tiene una oportunidad. Agotando una lista imaginaria pero precisa, en la que no cabe cualquiera. Entrar en la nómina de ocupantes de tumba visitable no es sencillo. Primero hay que estar muerto. Luego, alguno de los libros (varios en la mayoría de los casos) que escribiste en vida debe conmover el criterio exigente del lector sibarita y connaisseur que es mi amigo. Finalmente tu actual última morada debe radicar no excesivamente lejos (pongamos un radio de tres mil kilómetros) de su actual morada.

Si se cumplen todos estos requisitos y se da la ocasión, Ossip formaliza una visita a la tumba. No acelerada ni casual. Nada de ya que pasamos por aquí. La premeditación ha de ser una de las características de la ceremonia. Y el gasto del tiempo necesario ante el túmulo. No se descarta la declamación in pectore de algún párrafo preferido. Están asegurados el homenaje y el respeto.

No es esta una colección baladí para él. Yo no me atrevería a decir que organiza sus viajes en función de las tumbas que puede visitar, pero seguro que los condiciona. En cualquier caso, puedo afirmar que condicionó uno de los míos.

Irlanda ha sido para mí una querencia. Desde siempre. Durante muchos años me ha atraído lo irlandés. Poco a poco se fue convirtiendo en un territorio mítico. Una especie de tierra prometida hecha de retazos, en la que se iban dando cabida los mas heterogéneos elementos. Mezclados. En ella lo más kitsch. En ella lo desconocido. La Guinness. Las gaitas y las canciones. “The Quiet Man” de Ford, Wayne y O’Hara. Los tréboles. San Patricio y Tír na nÓg. Tara, los celtas, el gaélico. El “Dubliners” de Joyce y el “Diario Irlandés” de Böll. Bastaba que el personaje de una película o un libro fuese irlandés para que contara con todas mis simpatías. El rugby es mi deporte y la selección de Irlanda mi equipo. Sufro, es evidente, una sobredosis de empatía hacia lo irlandés. Reconozco que me provoca una adhesión acrítica e incondicional. Lo sé y no me importa.

Fue Mimianna quien cogió mi mano y un verano ya lejano me llevó finalmente a Irlanda. A la real. A la de las carreteras estrechas y la conducción zurda. La del inglés ininteligible. La del frío en agosto. Fue ella quien me acompañó en el descubrimiento del paraíso. Fue Ossip quien me encomendó una misión en el paraíso. Y fue en el cumplimiento de esa misión que Irlanda se me mostró.

Al final de nuestro largo periplo por la isla, tres días antes del fijado para nuestro regreso, nos llegamos al extremo noroccidental de Irlanda. Bordeamos la Bahía de Donegal y nos adentramos en el condado del mismo nombre. Aunque habíamos disfrutado de buen tiempo hasta ese momento, aquel día se levantó obscuro. El frío desconocido nos obligó a estrenar antes de tiempo las prendas de abrigo que habíamos comprado días antes en Ardara. Al poco de entrar en el condado, cuando enfilábamos hacia el norte, comenzó a llover de forma violenta. A rachas. La carretera se iba estrechando conforme nos alejábamos de la costa y los rastros de población se fueron haciendo cada vez más escasos. Finalmente nos encontramos con un paisaje estremecedor por su belleza. Por su dureza. Nada de suaves colinas tapizadas del verde del césped. Nada de ovejitas blancas contra el azul del océano. Aquí el terreno fracturado y rocoso. En el fondo de los valles agrietados, alargados lagos de aguas negras reflejaban un cielo gris, bajo y plano. La tierra parda cubierta de líquenes. Algún arbusto retorcido al abrigo del granito. Ni un árbol. Y viento. Constante. Sin darnos cuenta, Mimianna y yo fuimos callando. Sólo el zumbido del motor de nuestro pequeño coche de alquiler y el repiquetear de la lluvia sobre el parabrisas. Muy de tanto en tanto una casa al borde del camino en que se había convertido la carretera. Casas achaparradas, de un solo piso bajo, de ventanas pequeñas. E, invariablemente, una mujer a la puerta de la casa, la puerta abierta, mirando en nuestra dirección, alertada de nuestra llegada. Invariablemente un saludo con la mano al pasar. Qué dureza en las facciones, qué curtidas las caras y las manos, qué cansancio en el gesto de bajar la mano y entrar de nuevo en la casa. Comprendí que esa era la Irlanda de la diáspora.

La misión de Ossip nos obligaba, no obstante a regresar hacia el sur. Caía ya la tarde cuando encaramos la Bahía de Sligo. La ciudad y las granjas habían substituido a los asentamientos aislados. Los altos bosques a los líquenes. La lluvia era fina y amable haciendo honor a la opinión de Böll de que es tan injusto llamar mal tiempo a la lluvia de Irlanda como calificar de buen tiempo a un sol abrasador. Buscamos Drumcliff y su camposanto. Dejó de llover mientras aparcamos junto a la tapia. Cogí el grueso tomo de tapas azules que habíamos acarreado durante todo ese tiempo. A pesar del cambio de escenario, el silencio nos seguía acompañando y en silencio enfilamos el corto trecho de gravilla hasta detenernos ante la tumba de Yeats. Allí, mi pie derecho sobre el escalón que circunda el monumento, mis manos proyectadas sobre la lápida, abrí el libro y me dispuse a leer en voz alta el poema que había elegido Ossip. No fue el “Under Ben Bulben” (demasiado obvio para los gustos de Ossip, demasiado largo, incluso redundante en aquel lugar) sino “An Irish Airman foresses his death”. Uno de sus favoritos.

Mientras leía los últimos versos

“I balanced all, brought all to mind,
The years to come seemed waste of breath
A waste of breath the years behind
In balance with this life this dead.”


comenzó a llover de nuevo. Una gota de aquella lluvia irlandesa, destinada a caer sobre la tumba de Yeats, fue a mojar la imagen de las palabras que acababa de pronunciar. Cerré el libro y nos refugiamos en la entrada de un panteón cercano. Después supe que Mimianna me había hecho una foto desde allí.

Deshicimos parte del camino. De nuevo la bahía. El cansancio, el hambre y el frío. El recuerdo de las tierras y las gentes que habíamos visto aquella jornada. La visita al cementerio. Buscábamos el refugio de la casa de B&B que nos acogería esa noche. El pequeño cartel con el nombre buscado señalaba el camino de tierra que se desviaba de la carretera y nos había de llevar allí. Nos adentramos en un bosquecillo de altos árboles. El camino ascendía imperceptiblemente. Tomar un recodo y, entonces, el paraíso. Salir a una pradera enorme, enfilada hacia las bases del Ben Bulben (realmente bajo él). Un poco alejada una casita oscura con todas las ventanas iluminadas, derramando una luz dorada y acogedora sobre la hierba. Y a nuestra espalda, repentino, el sol rojo hundiéndose en el océano, justo en el horizonte afilado dejado por las nubes. Dentro de la casa nos esperaba una familia hospitalaria, el mejor té de nuestra vida y una cama tibia y limpia. Irlanda, desde aquel momento, para mí será siempre Sligo.

Ossip tiene sus cosas. No cualesquiera. Tiene, por ejemplo, un libro con poemas de Yeats y con una gota que tendría que haber sido de Yeats. Yo también tengo las mías.