Hoy tengo cuarenta años.
No puedo afirmar que lo que llevo vivido haya sido un derroche de aventuras, viajes imposibles o grandes experiencias. Normalito, lo más. Aunque tampoco tengo derecho a la queja, ni por asomo. He conocido, y conozco, el amor largo en el tiempo, profundo, maduro y apasionado. Tengo una hija pequeña (¿necesitamos más explicaciones?). Hasta tengo la suerte de contar con algún amigo. No he sufrido guerras ni enfermedades y todavía no me falta ninguno de mis seres queridos. No tengo derecho a la queja, desde luego.
Pero hoy, que tengo cuarenta años, me encuentro a punto de iniciar un nuevo proyecto. Un cambio de vida. Y no sé si es cansancio lo que pesa en mis hombros. O miedo.
La puerta del laberinto se abre ya casi a mi espalda y me acabo de dar cuenta que no sobraría un ovillo, si no para volver, que volver es imposible, sí para mantener el nexo con lo que fui y urdir lo que puede que llegue a ser.
