viernes 14 de diciembre de 2007

Ante la puerta del laberinto

Hoy tengo cuarenta años.
No puedo afirmar que lo que llevo vivido haya sido un derroche de aventuras, viajes imposibles o grandes experiencias. Normalito, lo más. Aunque tampoco tengo derecho a la queja, ni por asomo. He conocido, y conozco, el amor largo en el tiempo, profundo, maduro y apasionado. Tengo una hija pequeña (¿necesitamos más explicaciones?). Hasta tengo la suerte de contar con algún amigo. No he sufrido guerras ni enfermedades y todavía no me falta ninguno de mis seres queridos. No tengo derecho a la queja, desde luego.
Pero hoy, que tengo cuarenta años, me encuentro a punto de iniciar un nuevo proyecto. Un cambio de vida. Y no sé si es cansancio lo que pesa en mis hombros. O miedo.
La puerta del laberinto se abre ya casi a mi espalda y me acabo de dar cuenta que no sobraría un ovillo, si no para volver, que volver es imposible, sí para mantener el nexo con lo que fui y urdir lo que puede que llegue a ser.